Boletín DELSOL

La figura del asesor fiscal

¿Hasta dónde llega la responsabilidad del asesor fiscal?

Cualquier empresa que se precie, ya sea pequeña, mediana o grande, debe contar con un profesional que le asesore en aquellas áreas de la gestión empresarial que precisan además de una buena cualificación, cierto grado de especialización. La externalización de dicho tipo de servicios es habitual en nuestra economía y a pesar del notable índice de intrusismo que existe en dicho sector, existe una gran variedad de despachos y profesionales que nos pueden ofrecer dichos servicios dentro de las áreas de fiscal, laboral y contabilidad, las más demandadas al día de hoy.

Aunque antes de la crisis económica reciente, ya había cierta tendencia en el mundo de los negocios por crear empresas para prestar dichos servicios al por mayor y a unos precios de saldo (asesorías low cost o mediante régimen de franquicia), los profesionales del mundo de la asesoría y la consultoría, han reaccionado a tiempo, y además de reducir sus precios, han aumentado sus prestaciones y el book de servicios que ofrecen a sus clientes. Este asunto da para un análisis mucho más profundo que pronto afrontaremos en un próximo boletín.

Según el diccionario de la RAE, asesorar significa: dar consejo o dictamen en materia de cierta dificultad. Está claro que nuestra primera conclusión es que el asesor tiene que emitir dicho consejo o dictamen con un conocimiento previo de la materia en cuestión, sea más o menos difícil. Por tanto, debe existir una cualificación necesaria en determinados conocimientos acorde con la materia donde pretenda intervenir.

De ahí que el ejercicio de esta tarea deba venir de manos de auténticos profesionales con formación específica y que, con el paso de los años, podrán ir adquiriendo una experiencia que, en la mayoría de las ocasiones, les permitirá acumular un bagaje con mayor valor incluso que su propia cualificación, aunque en los tiempos que corren y con los continuos cambios de normas de todo tipo, también deberán someterse a un proceso de reciclado y formación permanente si no quieren quedarse obsoletos.

Pero tras esta breve introducción, abordamos el meollo de nuestra pregunta inicial, con independencia de que la prestación del servicio la lleve a cabo el bufete más caro de una de nuestras metrópolis empresariales (Madrid, Barcelona) o el más humilde despacho de un pueblo de nuestra España profunda.

¿Cuál es la función y el trabajo que debe realizar el asesor fiscal? ¿Qué puede y que no puede hacer y hasta dónde debe llegar en la prestación de sus servicios a cualquier cliente?

Creemos que debe ser asesorar a sus clientes en la materia para que la que están preparados y habilitados, intentando facilitarle el cumplimiento de sus obligaciones tributarias de la manera más ajustada a la normativa en vigor y consiguiendo los ahorros fiscales que sean posibles con la interpretación más escrupulosa de los mecanismos reglamentarios establecidos. Dicho así parece una obviedad, pero los que tenemos cierta experiencia en el sector sabemos de sobra que no es tan fácil.

La gran mayoría de los empresarios huyen de las fórmulas complicadas o artificios fiscales para la consecución de ahorros tributarios, aunque el aumento de tamaño de las empresas, también favorece que se incremente la presión en este sentido para la búsqueda de fórmulas más benévolas a la hora de rendir cuentas. De ahí que apuesten por profesionales más formados, con más experiencia, y con las minutas considerablemente más elevadas. Y eso queridos amigos, exige pagar un peaje, aunque el mismo no nos garantice el dormir más tranquilos por pagar menos impuestos a cambio de satisfacer facturas más cuantiosas.

En nuestra vida siempre debemos tender al equilibrio en todas sus facetas, y no debe ser menos en el aspecto tributario de nuestras empresas. La interpretación más o menos laxa de una norma fiscal por parte de nuestro asesor con la consiguiente reducción de pago de nuestros impuestos, puede llevar aparejada un notable incremento de nuestra capacidad para conciliar el sueño, y cuando esa intranquilidad supone un elevado número de años, probablemente no merezca la pena. Ese “riesgo calculado” siempre tiene un coste añadido, sea o no, de índole económica.

Recientemente hemos visto en los medios de comunicación determinados casos y escándalos tributarios de mano de famosos del mundo del balompié, o de la propia televisión. Los casos de Messi, Neymar, Ana Duato o Imanol Arias, no han hecho más que llenar páginas de portadas y abrir telediarios, con una sensación de mosqueo y desasosiego de la gente de la calle, que considera dichas conductas como lo que son, un auténtico fraude de ley, pero donde la popularidad del persona, traslada la mayor parte de la culpa a los que se considera inductores de dicha aplicación laxa de las normas fiscales y auténticos ingenieros de la obra realizada: los asesores de dichos defraudadores. Y así lo declararon los acusados en todos estos casos: “ha sido cosa de mis asesores, que me obligaron a hacer esto o aquello, y que me dijeron que no había ningún problema”. A buenas horas……

Creemos que trasladar la culpa del defraudador a su asesor, no es una estrategia adecuada. Es como culpar a un entrenador del penalti que falla un jugador de su equipo cuando ha sido éste el que voluntariamente ha decido dirigir el balón a un lado u otro de la portería. El asesor puede orientar y proponer fórmulas más o menos agresivas, pero nunca meterse en terreno pantanoso que pueda ocasionar notables perjuicios a sus clientes, y menos, cuando de dicha apuesta se puedan originar incluso conductas delictivas con penas de cárcel. Al final es el cliente el que tira el “penalti” aunque lo haya aconsejado el asesor en uno u otro sentido.

Es cierto que el asesor es puesto por más de un cliente en una disyuntiva muy complicada: o me ahorras todo lo que quiero o me cambio de despacho. Aunque también escuchamos la mayoría de las ocasiones: que pague lo menos posible, pero que duerma tranquilo. “Toma, y yo también”, que suele ser la contestación habitual de todo asesor que se precie.

Queda claro que en los casos de una cierta enjundia (los complicados y muy bien pagados), como por ejemplo de blanqueo de capitales, es necesario diseñar un entramado empresarial para disfrazar el origen de los fondos, y para ello es necesaria la colaboración de profesionales adecuados. Sin ellos, es prácticamente imposible que el proceso de blanqueo se realice. Es necesario ocultar el origen de los fondos para que las entidades de crédito no lo perciban, y para ello la colaboración de profesionales de las finanzas es esencial. Sin la asistencia de este colaborador, sería prácticamente imposible realizar con éxito el proceso de blanqueo.

Sin embargo, los expertos coinciden en que el responsable final de una infracción o delito es el obligado tributario. En caso de ser cooperador necesario para defraudar, el gestor se enfrenta a las mismas sanciones que su cliente.

En este sentido, reproducimos la opinión de Carlos Cruzado, presidente del Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha): “Pese a que estos profesionales son los encargados de realizar las tareas contables y tributarias dentro de una empresa, y que de esa contabilidad se desprende un delito fiscal, sólo la persona física o administrador de una sociedad podrá ser considerado autor directo de la infracción. Y es que al fiscal se le considera un delito especial, que sólo puede ser cometido por una persona concreta que, en este caso, es el obligado tributario. Otra cosa es que el asesor fiscal sea cooperador necesario, es decir, que los conocimientos técnicos del gestor hayan sido cruciales en el plan defraudatorio o que haya una connivencia entre el gestor y el administrador de la sociedad para maquinar un plan capaz de defraudar cuota a la Agencia Tributaria. En ese caso, el asesor fiscal se enfrentaría a las mismas responsabilidades y sanciones, tanto civiles como penales, que su cliente, pudiendo ser condenado por delito fiscal”.

Conclusiones

Se debe abordar por parte de los organismos públicos, no sólo un encaje profesional adecuado de este colectivo de asesores, muy debilitado por un intrusismo creciente que no es atajado de raíz y que supone un claro ataque a sus competencias colegiales. Hay que regular la profesión de asesor contable y fiscal, de modo que queden definidas claramente sus responsabilidades, por lo que habría que trabajar en confeccionar el Estatuto del Asesor Fiscal.

Los asesores fiscales no deben confeccionar políticas fiscales agresivas que se encuentren al borde de la legalidad y que pudieran ser interpretadas como operaciones para eludir impuestos o defraudar a la Agencia Tributaria. Debe de interpretar la Ley con sentido profesional y nunca desvirtuarla para conseguir beneficios ilícitos para su cliente. Esto no quiere decir que no deba estudiar en profundidad el problema, ver las alternativas más ventajosas para su cliente, analizarlas y explicárselas a él y comprobar que las ha comprendido bien.

Nunca se debe retorcer la Ley haciendo interpretaciones maliciosas en connivencia con el cliente con un único fin: evadir impuestos, ya que podría ser acusado de colaborador necesario para realizar un entramado empresarial con el único fin de evitar el pago de tributos de su cliente.

Por último, recordar que el asesor fiscal es un sujeto obligado por la Ley 10/2010 de prevención de blanqueo de capitales, y tiene la obligación de poner en conocimiento del SEPBLAC cualquier indicio, intento o acción que conlleve operaciones de blanqueo de dinero procedente de un delito, incluso el delito fiscal. Esto que parece muy fácil de leer, es más complicado de digerir, ya que, en caso de llevarse a la práctica, supondría la desaparición de miles de empresas en nuestro país, y de centenares de asesorías que cerrarían sus puertas por quedarse sin trabajo, sin olvidar los miles de pleitos que se interpondrían en nuestros juzgados por este tipo de controversias. Una cosa es predicar, y otra dar trigo.

Así que como decía la publicidad de un famoso detergente, busque, compare, y si encuentra otro mejor, analícelo con detenimiento. Los más barato en este caso, puede salirle muy caro. Aunque tampoco lo más caro, le garantiza si Usted no tiene los pies en el suelo (tributariamente hablando), que, pagando menos, no pueda tener mañana algún problema por acometer una política fiscal demasiado agresiva. Queramos o no, el penalti lo tiramos nosotros con el consejo del asesor. Dependerá de nuestro buen juicio y de su experiencia y preparación, el que logremos nuestro objetivo.

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