Cuadrar el Impuesto de Sociedades

por Luis R. Garach

Como aquel que no quiere la cosa, nos encontramos en el mes de marzo de un nuevo año, con todo lo que ello conlleva desde el punto de vista contable y fiscal.

Terminado el plazo establecido de presentación del modelo 347, es decir, el 28 de febrero, en menos de 7 días han llegado a miles de empresas de nuestra geografía, decenas de miles de requerimientos de reclamación de cantidades impagadas a las administraciones públicas, de mano de la AEAT y de su eficaz sistema de notificaciones telemáticas. Es una señal inequívoca más de la rapidez de tratamiento de datos y los maravillosos sistemas informáticos de nuestra querida Hacienda.

En esta línea de transparencia de intercambio de datos y de una drástica reducción de las posibilidades de cometer algún tipo de fraude, llegamos a otro período marcado en nuestro calendario de obligaciones contables y fiscales. Es en el mes de marzo, cuando se contempla desde el punto de vista mercantil, la realización del cierre de la contabilidad de la mayor parte de las empresas, aquellas cuyo ejercicio económico coindice con el año natural: tres meses después de la fecha de cierre del ejercicio.

Debe procederse a la comprobación de la contabilidad, para realizar los correspondientes ajustes fiscales que permitan cerrar el ejercicio 2016 y precisar cuál es el resultado que hemos obtenido en el desarrollo de nuestra actividad.

Realizado este cierre, será labor de los administradores y consejos de administración de cada una de las empresas, proceder durante este mes, a la elaboración y formulación de las cuentas anuales que posteriormente serán aprobadas por las juntas generales de socios de cada mercantil en los plazos reglamentarios legalmente establecidos. Dicho proceso se realiza como máximo dentro de los seis meses posteriores a la fecha de cierre del ejercicio.

Hasta aquí más o menos, sólo un recordatorio de los diferentes plazos y formulismos que todos los años deben cumplir las sociedades mercantiles que operan en nuestro país.

Pero lo verdaderamente complicado del asunto, aunque lo llevemos siempre a un grado de simplificación absoluto, es intentar obtener de la mejor y más sencilla forma posible, cuadrar nuestro resultado contable con el obtenido aplicando los ajustes fiscales que las normativas tributarias nos obligan a llevar a cabo.

No hay que hacer una macro encuesta para poder deducir que en el 99% de los casos, los impuestos de sociedades presentados, sólo presentan un ajuste: reconocer el gasto del impuesto que, como todos sabemos, aunque gasto contable (cuenta 630), fiscalmente no es deducible. El 1% restante ofrece una problemática muy diferente con múltiples ajustes de diversa índole que, en la mayoría de las ocasiones, sobre todo cuando son disminuciones de la base imponible que afectan a la recaudación de este tributo, son profundamente revisados por la AEAT con suma atención para evitar que paguemos de menos.

Este Gran Hermano fiscal, nuestra Agencia Tributaria, no sólo velará porque toda reducción de la recaudación sea debidamente justificada convenientemente, sino que, además, velará porque se apliquen todos aquellos ajustes fiscales que muchas veces no se tienen en cuenta, y que unas veces por desconocimiento, otras por dejadez, otrora por evitar pagar más, se nos quedan pendientes de incluir en el reseñado capítulo de ajustes.

Basta un simple vistazo por las páginas 12 y 13 del modelo 200 de nuestro Impuesto de Sociedades para comprobar las decenas de posibilidades sobre ajustes, que nuestra cada vez más exigente y complicada normativa tributaria, ofrece al contribuyente a la hora de cuadrar sus cuentas entre esos dos universos casi paralelos que son el contable y el fiscal.

Esta ardua tarea que suele ser directamente proporcional en su complejidad al tamaño de la empresa que realiza la declaración, tiene cada vez más peso a medida que las diferentes normas tributarias sufren modificaciones no sólo de calado (publicación de nuevos reglamentos), sino también de modificaciones puntuales en determinados aspectos que suelen ser punitivas para el bolsillo de los contribuyentes.

Por ello, no es de extrañar, que unos cuantos meses después de presentado nuestro Impuesto de Sociedades, y cuando creemos que estamos suficientemente tranquilos, nos aparezca un requerimiento en principio informativo, sobre la deducibilidad o no aplicada a un determinado apartado de nuestra contabilidad. Cuanto mayor sea la disminución del resultado fiscal, mayor será la probabilidad de que recibamos esa notificación.

Los casos más habituales suelen ser:

Aplicación de porcentajes de amortización en determinados elementos del inmovilizado no ajustados a la normativa vigente. Los cambios en este sentido a finales de 2014, no han sido asumidos por muchas empresas o en este caso, por sus asesores, y claro está, cuando uno amortiza más de lo debido, sin fundamento ni criterio, está dejando de pagar los impuestos que en verdad le corresponden.

Gastos no deducibles fiscalmente: se trata de multas o recargos satisfechos por diversos conceptos que están más controlados de lo que creemos: sanciones de tráfico, sanciones de Seguridad Social, recargos en pagos de impuestos (incluso autonómicos), y el concepto más claro y mejor controlado: las multas y recargos satisfechos a la propia AEAT. Si amigos, además de no poder de deducir el correspondiente porcentaje tributario de dicha sanción o recargo, deberemos aumentarlo en nuestra base imponible y pagar aún más impuestos de los contablemente calculados. Además, el intercambio de datos entre las diferentes administraciones públicas es muy fluido para evitar que el esfuerzo recaudador se difumine con estas conductas inadecuadas.

Donativos y liberalidades, como por ejemplo los gastos de atención a clientes limitados en la última reforma fiscal al 1% de la cifra de facturación de la empresa

Diferentes provisiones para riesgos, gastos, impuestos o insolvencias de tráfico

Deberemos analizar y aplicar los criterios que la AEAT fija para incluir dentro de la liquidación del impuesto todas las diferencias temporarias y temporales que nos afecten. De ahí la pequeña o enorme diferencia que podemos encontrarnos entre nuestro resultado contable y nuestro resultado fiscal.

Por si fuera poco, con esto, nuestro garantista sistema tributario también tiene a bien, obsequiarnos de vez en cuando, con determinadas reinterpretaciones de normas, o cambios de criterios, que no sólo ocasionan posibles errores de aplicación, sino lo que es peor, incurrir en sanciones al no registrar de la forma más adecuada los cambios de normativa. En símil deportivo, es arbitrar de nuevo el partido cuando este ya ha concluido.

El más reciente caso en este sentido, lo tenemos la reversión obligatoria como mínimo por quintas partes de las pérdidas por deterioros de cartera deducidas antes de 2013 por aquellas empresas que poseen participaciones de otras mercantiles.

Cualquier entidad deberá de integrar en la base imponible un mínimo de la quinta parte de las pérdidas en ejercicios iniciados a partir del 1 de enero de 2016 y en los cuatro ejercicios siguientes.

En caso de que se produzca una reversión superior por incremento de los fondos propios de la participada o porque se produzca una recuperación del valor contable, se integrará en base toda la renta positiva correspondiente a la misma y, si quedase deterioro aún por integrar, se adicionará a la base imponible por partes iguales en los ejercicios que resten hasta el iniciado en 2020.

Si en los ejercicios iniciados desde 2016 a 2020 se transmite la participación, se integrarán las cantidades pendientes de revertir con el límite de la renta positiva derivada de la transmisión.

Como vemos, siempre tenemos que estar atentos a todos los cambios que sufre la normativa tributaria y consultar con los profesionales adecuados, cuáles son los ajustes que podemos practicar para reducir nuestra carga tributaria sin incurrir en infracciones tributarias, ya que muchas veces, por ahorrarnos un euro, podemos encontrarnos con que tenemos que pagar más de lo que creíamos ahorrarnos en sanciones e intereses de demora. En la flexibilidad de la norma, está la grandeza de la ley, decía un buen profesor de mercantil que me dio clases, aunque en normativas tributarias, y eso lo digo yo, mucho mejor ser prevenidos que dicen que vale por dos.

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