Boletín DELSOL

Camina o revienta

Casi recién incorporados del necesario y medicinal receso vacacional, no quiero dejar de pasar esta oportunidad para analizar con un poco de detenimiento, el pasado período de presentación de liquidaciones del mes de julio, donde además del remolino de trabajo que soportan la mayoría de los despachos profesionales de asesoría, se unen, por razones de calendario y de clientela, los Impuestos de Sociedades y los Depósitos de Cuentas anuales de la inmensa mayoría de las entidades con personalidad jurídica de nuestro país.

Si lidiar con un trimestre de liquidaciones fiscales ya supone un notable ejercicio de trabajo, esfuerzo y coordinación, agravado desde hace unos años por la cuasi obligada domiciliación de las declaraciones ante una entidad bancaria y la consiguiente reducción de plazos que ello conlleva, son los meses de julio y enero (este, por las declaraciones resumen anuales), los dos períodos álgidos en el calendario de trabajo de miles de asesores profesionales, que rezan para poder concluir su trabajo dentro de los escuetos plazos legales y con el menor número posible de incidencias.

Seguramente muchos opinarán que hay tiempo para todo, y que llevando las cosas al día, no debe existir ningún problema y todo estará presentado en tiempo y forma.

Desgraciadamente esa es una entelequia al alcance de unos pocos: bien para aquellas empresas que sólo presentan sus propias liquidaciones y dependen de la agilidad de sus proveedores, o bien, para aquellos asesores menos profesionales a los que les da igual ocho que ochenta, ya que no es su bolsillo es el que sufre, si no el del cliente que es el que se retrata ante la AEAT y en el banco donde paga sus impuestos, y presentan liquidaciones por doquier ya que lo suyo es terminarlo todo dentro de plazo, por lo civil o por lo criminal (me refiero al coste financiero que para muchas empresas supone pagar de más cuando sus arcas no gozan de la liquidez adecuada).

La situación del sector del asesoramiento a empresas se enfrenta a una problemática muy especial en los aspectos antes mencionados, la cual que me gustaría abordar con mayor detenimiento, en los siguientes puntos:

  1. Reducción de márgenes de beneficios como consecuencia del abaratamiento de precios al irrumpir en el sector las llamadas asesorías low cost.

    Este asunto que ya traté brevemente en un boletín pasado, es más preocupante de lo que muchos creen. Cuando un autónomo o un empresario cuyas finanzas atraviesan situaciones poco menos que complicadas, decide emprender una cruzada de ahorro de costes, casi siempre empieza por los servicios de asesoría, ya que debido al enorme déficit de conocimientos tributarios y financieros que arrastramos en este país (las encuestas en este sentido nos retratan), el asesoramiento no vende ni produce, y por tanto, no aporta valor añadido. Craso error, por cuanto un profesional formado, podrá ayudarnos a la hora de adoptar decisiones de más enjundia sobre temas delicados de nuestra empresa, cosa que otra persona menos avezada, difícilmente podrá hacer.

    Por el contrario, estas asesorías low cost, sólo rellenan declaraciones de impuestos a cascoporro (perdón, parezco de Masterchef), sin mirar con mayor precisión o detenimiento, si la empresa va bien, va mal, gana o pierde. Nadie da duros a 4 pesetas, ni nadie presta un servicio que además de que no se paga, no lo puede prestar cualquiera sin la preparación y experiencia adecuada.

    Ojo al dato, que profesionales hay muchos y de distinto pelaje, pero un buen asesor debe cobrar por sus servicios y no regalarlos ya que nos debe aportar un plus, que desgraciadamente estas nuevas asesorías no pueden ofrecer.

    Está claro que pueden cubrir las necesidades de un pequeño autónomo que se contenta con presentar sus liquidaciones periódicas y poco más, pero en cuanto la complejidad del cliente crece (dispone de trabajadores, es una sociedad, presenta cuentas anuales, factura millones de euros, etc.), el precio del servicio se encarece geométricamente y además no ofrece (en los casos analizados) un mínimo de asesoramiento de calidad más allá de intentar cubrir el expediente.

    La aparición de estas empresas, muchas de ellas franquiciadas y auspiciadas incluso por algunas empresas fabricantes de software, para dar acomodo a nuevos autónomos que desean emprender en núcleos de población de baja densidad, ha obligado a muchos profesionales a bajar sus precios para poder sobrevivir, lo que conlleva reducción también de servicios y por tanto, de la propia calidad del mismo. Y son esos mismos profesionales pues los que se ven obligados a reducir sus costes, disminuyendo sus plantillas, recortando en sistemas informáticos y en material técnico de apoyo, tan necesario en un entramado sistema tributario donde todo es tan complejo y cambiante.

  2. Aumento de los plazos de presentación de declaraciones del IVA y por tanto su pago, a todas las empresas incluidas en el SII tanto de forma obligada, como voluntariamente.

    Este novedoso sistema que de nuevo, y van unas cuantas ocasiones, se ha puesto en marcha a mitad de ejercicio, con los problemas que ello conlleva, obliga a las empresas a adaptar y dinamizar sus sistemas de información contable y tributaria hasta límites insospechados.

    No creemos que la ampliación de plazos sea argumento suficientemente válido para el sobrecoste que la implantación de este sistema supone en la mayor parte de las empresas afectadas, pero si pensamos que más de uno y más de dos, optarán por este sistema para poder recuperar sus saldos de IVA en unos casos, y en otros, los menos, demorar unos pocos días el pago de sus liquidaciones, aún a costa de dinamizar y modernizar sus infraestructuras informáticas.

    Queda claro que los cambios precisan un tiempo de adaptación, y que en el caso del SII, se trata en su mayor parte de grandes empresas con recursos técnicos y humanos suficientes, pero que la mayor beneficiada en este caso, es la propia AEAT ya que manejará un caudal de datos enorme con los que poner un poco más a raya a todos los que se les ocurra defraudar a las maltrechas arcas públicas.

    Los profesionales también se han visto afectados en este asunto, y además de tener que afrontar los cambios tecnológicos precisos para prestar dichos servicios a sus clientes con dicho coste añadido, no ha habido margen temporal suficiente para lograr adaptarse a este sistema, lo cual ocasionará en estos primeros meses de funcionamiento, miles de incidencias, con la aplicación del correspondiente régimen sancionador que además de ser bastante estricto, busca lo de siempre: recaudar un poco más.

  3. La considerable reducción de los plazos por parte de la AEAT para la presentación de las liquidaciones al tener que domiciliarlas con 5 días de antelación al último día establecido, está pasando factura a la mayoría de los despachos.

    Creo que casi todos estamos de acuerdo con esta medida, ya que además de reducir y simplificar trámites, facilita al cliente cumplir con sus obligaciones con menos molestias. Pero acortar el plazo en 5 días (a veces son más cuando se meten festivos y fines de semana en medio), este se reduce demasiado y ello lleva consigo algunos efectos perniciosos que perjudican al asesor y al contribuyente:

    • Debemos estar muy atentos y encima de profesionales, arrendadores de locales y proveedores para poder recibir las facturas en unos plazos razonables y poder incluirlas en las declaraciones, en el caso del IRPF para declararlas en el período que les corresponde, y en el caso del IVA, para no pagar más de lo que nos corresponde. El asesor somete al cliente a una presión añadida que lo aparta de la parte fundamental de su negocio y eso no es nada bueno.
    • Una vez realizadas y conciliadas las liquidaciones, debemos comunicarles con tiempo suficiente al cliente para que bien prepare los fondos líquidos necesarios para su pago u opte por un aplazamiento, hecho este que se ha limitado tremendamente desde la AEAT, pero al que ha contribuido de forma decisiva con este acortamiento de plazos para la ejecución de las liquidaciones. No basta con predicar, también hay que dar trigo y saberlo repartir. Y esto lo han aprovechado de manera fulgurante los bancos, ofreciendo en sustitución de la AEAT, sus préstamos y pólizas de liquidez para el pago de impuestos. Este hecho es más sencillo con unos tipos de interés muy bajos, pero me temo que como suban estos, la tortilla se dará la vuelta con suma rapidez.
    • Como consecuencia de los dos hechos anteriores, se trabaja más deprisa y se cometen por tanto más errores, y pasa como con los radares de tráfico: a más velocidad, multa al canto. En este caso, a mayor rapidez de ejecución de liquidaciones, menos tiempo de conciliación y comprobación, con el resultado de un incremento notable de requerimientos por discrepancias, y por tanto, de sanciones leves por recargos y descuadres de menor importancia, pero que se arreglarían con dos cosas: profesionalidad del asesor (un buen programa nos ayuda, pero la preparación del profesional es primordial en este caso), y aumento de los plazos de presentación.
  4. Cambios normativos constantes que no permiten a los asesores estar al día con el consiguiente riesgo por responsabilidad profesional en sus actuaciones.

    El sistema tributario español no es nada sencillo y si además, está sujeto a enormes controversias tanto por normativas comunitarias (lo que los expertos llaman consolidación fiscal) como por la presión de las caprichosas normativas autonómicas (típicas de los reinos de Taifas de nuestra historia medieval), pues se transforma en un brebaje de muy difícil digestión, y no sólo para los contribuyentes, si no lo que es mucho más doloroso, para los profesionales, que por muchas horas que se formen, informen, estudien y consulten, no ven nunca el cielo despejado a la hora de aportar soluciones fáciles y cristalinas a sus clientes.

    Y si queremos de verdad un servicio profesional y con el sustento legal suficiente para dormir tranquilos como contribuyentes, está claro que tendremos que acudir a aquellos asesores, que nos ofrezcan soluciones adecuadas y bien amparadas tributariamente para nuestros problemas, y no a aquellos que nos fundan el bolsillo y nos den soluciones inmediatas y milagrosas pero con un riesgo añadido que ellos no soportarán.

Como conclusión a este delicado tema, dejarles mi reflexión al respecto.

En el mundo de la asesoría no existen milagros ni alquimia. Una buena base formativa y muchos años de experiencia, apoyados por una buena planificación organizativa y la necesaria sinceridad, ayudan mucho, pero es el contribuyente el que tiene que ser nuestro primer aliado a la hora de poner todo nuestro ejército neuronal a su servicio para resolver sus asuntos y lograr una tributación adecuada y dentro de los preceptos legalmente establecidos. Y siempre de frente, sin tapujos ni artificios ni secretismo. Todo lo demás, sobra y además suele ser muchísimo más caro, si no a plazo corto, a medio o a largo plazo, con las correspondientes sanciones e intereses de demora añadidos.

Como decía muy certeramente Leonardo da Vinci, “la sabiduría es hija de la experiencia”. Y la experiencia en este caso me dice que las cosas no marchan por donde debieran en nuestro sistema de gestión tributaria, al prevalecer casi siempre los criterios sancionadores y punitivos, por encima de los puramente recaudatorios pero siempre dentro de un sistema ajustado y en equilibrio que permitan obtener los impuestos necesarios para el mantenimiento de nuestro sistema de bienestar.

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