El rincón del asesor | Febrerillo Loco

por Luis R. Garach

Febrerillo loco

¡¡Cuanto echaremos de menos las empresas y asesores este mes de febrero que acaba de finalizar!! Sobre todo, el año venidero, cuando la Agencia Tributaria nos obsequie con la realización del pesado modelo 347 en el constreñido mes de enero, para mayor desgracia de contables y profesionales que tendrán que redoblar esfuerzos en un nuevo intento de nuestros políticos de buscar la recaudación tributaria vía presión burocrática por encima de cualquier otra solución más adecuada y menos coercitiva para las empresas.

Que si hombre, que sí. Que los modernos sistemas informáticos que tanto empresas como organismos oficiales tienen, permiten llevar mucho mejor el control de nuestros negocios, pero es que, por encima de todo esto, nos encontramos con el factor humano, y lo que es mucho más importante, el coste tan elevado del factor humano en nuestro sistema de cotizaciones sociales. Y es que por mucho que queramos, las empresas no son organismos oficiales donde por mucho que suban los costes salariales, el estado asume los mismos y ya se encargará de recortar en otra partida. Las empresas deben asumir esos costes de personal en tiempo que quitan a otras tareas productivas y, por tanto, se las perjudica a muy corto plazo, sin casi oportunidad de recuperarlos.

La sociedad del bienestar tiene un alto precio, y debemos pagarlo nosotros mismos si queremos exigirle todo aquello que le pedimos. Nadie lo hará en nuestro lugar, ni el propio estado como preconizan ciertos políticos trasnochados, ya que el estado lo mantenemos todos queramos o no, con nuestra contribución en materia de impuestos y demás vías de recaudación directa o indirecta.

Y entre esas empresas están los profesionales y asesores que deberán no sólo acelerar los procesos de cierre y elaboración de sus declaraciones fiscales en ese temido mes de enero de 2019, sino que tendrá que movilizar más recursos humanos y, por tanto, aumentar costes que tarde o temprano, y aunque no quieran, tendrán que trasladar al cliente final que es el que soporta toda esa nueva presión fiscal basada en el control exhaustivo de las operaciones que se llevan a cabo en nuestros negocios.

Olvidémonos esta vez de las soluciones low cost que tantos problemas y sorpresas acarrean tarde o temprano, y pensamos de frente en el verdadero problema real que este cambio normativo ocasiona. Y que no es otro que la imposibilidad material manifiesta de realizar en tiempo y forma y de manera totalmente correcta, el extenso repertorio de liquidaciones y presentaciones fiscales con las que nos encontramos en tan breve plazo.

Y ya que parece ser que no habrá vuelta atrás en esta impopular medida, a lo mejor tenemos que plantearnos buscar una relajación del régimen sancionador que es el que causa verdadero pánico entre empresarios y profesionales por mucho que nos empeñemos en considerar en el grado de leve, multitud de datos estadísticos, de cuya conciliación es complicado detectar conductas de fraude tributario no sólo de pequeño calibre, si no ya de por sí, inexistentes.

Analicemos este problema que no es baladí, desde un doble punto de vista:

  1. Desde el punto de vista del contribuyente (persona física o empresa), cualquier sanción por mínima que sea, siempre supone un quebranto económico en las finanzas de su empresa. Es importante reseñar que la preocupación de los empresarios por cumplir con las obligaciones tributarias de su negocio aumenta y es cada vez mayor, aunque no existe todavía una verdadera conciencia colectiva en nuestro país, no sólo de los riesgos del incumplimiento de nuestras obligaciones sino lo que es mucho más impactante, del nivel de fraude existente en determinados negocios por sus especiales peculiaridades.

Parece que se defrauda porque lo hacen otros, y que, al hacerlo, pues somos como el resto del rebaño, y que, de no hacerlo, pues estaríamos menos considerados o valorados por la comunidad. Es una conciencia colectiva errónea fruto no sólo de décadas de defectos formativos de base sino también de la asunción de modelos inadecuados que se han impuesto como estereotipos que, aunque critiquemos, no nos importa copiar y adoptar.

De ahí que nos duela y mucho el bolsillo cuando nos imponen cualquier sanción por mínima que sea por retraso en una presentación, por no contestar un requerimiento o por suministro de datos erróneos que ya han podido ser confrontados por otra vía diferente. Está claro que sólo nos acordamos de Santa Bárbara, cuando truena.

  1. Desde el punto de vista del asesor o profesional, que pone todo su empeño en lograr presentar todo de forma correcta y dentro de los exiguos plazos existentes, toda esa inmensa catarata de modelos a los que se enfrentan cada uno de sus clientes, y que no sólo soporta la tensión que ello le supone, sino que además se siente enormemente afectado cuando por cualquier motivo (propio o ajeno) ocasiona un perjuicio en forma de sanción a sus clientes.

Y aquí poco intervienen los seguros de responsabilidad civil con los que la mayoría de los profesionales cuentan, ya que además de tener los mismos una franquicia mínima (suele empezar por 300 euros y aumenta en casos de repetición a mil o más euros), es el asesor el que se toca el bolsillo cuando es el responsable de la imposición de la sanción que le ha llegado al cliente. Sin olvidar que en muchas ocasiones no es fácil atribuir la responsabilidad de la sanción a una de las partes implicadas en exclusiva, ya que siempre debemos analizar los hechos y ser como auténticos profesionales, conscientes de un correcto ejercicio de nuestras tareas.

Y qué quieren que les diga después de tres décadas en la profesión: por mucho que hagamos, revisemos, y pongamos mucha atención, siempre se escapa algo, un detalle, una minucia, y claro está, Hacienda pesca en cualquier río esté o no, revuelto.

A mayor tamaño de la asesoría y a mayor complejidad de la empresa (en cuanto a su número de obligaciones tributarias), mayor probabilidad de incurrir en errores o de simples defectos al rellenar o cumplimentar uno de los cientos de modelos puestos a disposición de los contribuyentes por nuestra querida y moderna, Agencia Tributaria.

La sensación agobiante de tener la espada de Damocles sobre la cabeza durante cada período de presentación de declaraciones que se sucede a lo largo del año, lastra mentalmente al más preparado.

Dejando de un lado lo que pasará el año que viene, me centraré para terminar, en analizar lo pasado en la actual campaña, y en donde, por encima de todas las cosas, y con independencia de la tranquilidad con que se toman el asunto muchas empresas poco conscientes del régimen sancionador existente, me ha sorprendido la actitud prepotente de muchas grandes compañías, que debido a su obligada entrada en el moderno SII, han decidido, además de ahorrar costes, dar una lamentable imagen de soberbia, y negarse a suministrar los datos del preciado modelo 347 a miles de pequeñas empresas que han tenido que agudizar el ingenio y empezar a rezar para no cometer fallos a la hora de presentar sus declaraciones.

El motivo esgrimido es tan peregrino como decir que, debido a su inclusión en el SII, ya no están obligadas a presentar dicho modelo y que, por tanto, el que quiera saber que le pregunte a Hacienda que ya tiene esos datos. La cara del personal al recibir dicha contestación era de asombro y de indignación, y nos trasladaban su incertidumbre al respecto para que al menos, les pudiéramos tranquilizar.

Conductas como esta deben de ser reguladas a priori ya que sólo contribuyen a establecer distingos entre grandes y pequeñas empresas, y como casi siempre, se favorece al pez grande y se perjudica al chico, que además, puede ser sancionado según en qué casos.

Las pequeñas y medianas empresas jamás poseerán ni los medios técnicos ni humanos precisos para cumplir con sus obligaciones con la misma precisión y rigor que las grandes compañías, más aún si éstas, no les facilitan siquiera los datos de sus relaciones comerciales.

Y es ahí donde el papel del estado es fundamental para esgrimir los adecuados principios de igualdad y justicia tributaria que nos deben guiar a todos por encima del tamaño de nuestra empresa o negocio.

Al fin y al cabo, todos pagamos para el mantenimiento del sistema por mucho que lo critiquemos y que no termine nunca de cumplir con todas nuestras expectativas. Más vale pájaro en mano, que ciento volando.

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