La historia interminable

por Luis R. Garach

Impregnado por mi marcada afición al mundo del séptimo arte, utilizaré el título de esta película de fantasía infantil de mediados de la década de los 80, para intentar reflejar la estrecha y afilada frontera existente en el mundo del asesoramiento fiscal entre los deseos del cliente y la conducta del profesional que intenta aconsejarle y ayudarle.

En la mencionada película, Bastián, el ávido y joven lector del libro que sustenta su argumento, debe lograr introducirse en el mismo para dar solución a ese conflicto imaginario que tan funestas consecuencias tendrá para el mundo de la fantasía.

Sin querer establecer paralelismos estériles entre el film y el ejercicio de la profesión de asesor fiscal, no me queda otra que considerar a todos los clientes a los que atendemos, los lectores que deben meterse en su propio papel dentro del complicado mundo (nada fantástico) de la tributación fiscal para conseguir, siempre de la mano de su asesor, encontrar soluciones prácticas y justas aunque sacrificadas que tengan buen final, o bien, destrozar todo su mundo de fantasía construido con movedizas bases de fraude generalizado que al final, sólo traen nefastas consecuencias en forma de multas y sanciones.

Y es ahí donde quiero ahondar para mentalizar a muchos asesores, sobre el camino a seguir y que deben trasladar a sus clientes si no quieren seguir permanentemente en el ojo del huracán y dentro de esta otra historia interminable que se vive en cada duro e intenso período de liquidaciones que nos toca afrontar año tras año.

No crean que el tema es nada fácil. Se lo dice alguien que lleva luchando en la “arena” más de 25 años, habiendo presenciado de todo un poco: faenas espectaculares con puerta grande, muchas de aliño, bastantes cogidas leves de fácil recuperación, y algunas tan graves que, aunque no provocaron daño físico, el económico fue tan grande como para provocar el cierre de la empresa, y lo que es mucho peor, el despido de sus empleados.

Se preguntarán el porqué de hacerlo en la arena y no desde la barrera, donde raramente llegan esos morlacos de grandes pitones que quieren prendernos junto con nuestro cliente y sancionar esta o aquella conducta en principio fraudulenta o no ajustada a reglamento. Y la explicación es muy sencilla: al cliente hay que defenderlo como a cualquier acusado en un asunto judicial, desde el primer momento y siempre con la presunción de su inocencia por delante. Faltaría más.

Aunque aquí se plantea un auténtico debate deontológico bastante delicado. El abogado que defiende a un acusado de un delito como, por ejemplo, un crimen, no sabe a ciencia cierta si su acusado es o no culpable, salvo que sea parte activa de la comisión del acto o lo haya presenciado directamente. Pero en el caso del asesoramiento, en la mayoría de los casos, el asesor sí conoce de primera mano el grado de culpabilidad de su cliente ante ciertos hechos, bien por haber permanecido ajeno a los mismos, bien por haber sido el inductor de los mecanismos de defraudación llevados a cabo, ya que ciertos sistemas no los monta cualquiera, sino que provienen de auténticos expertos en la materia. Aunque en ese caso, estamos hablando de las grandes “ligas”, donde juegan las grandes corporaciones industriales y empresariales de mano de bufetes y consultoras de mucho prestigio y cierto tronío.

Si por contrario, el asesor alega desconocer el asunto por el que se requiere al cliente, queda claro que o no es un buen asesor porque no ha controlado a su cliente adecuadamente o sólo se limita a cumplir el expediente y es un mero rellena papeles que poco asesora. Es un mero gestor.

Sobre estas bases debemos de construir la relación con nuestros clientes: honestidad, sinceridad y transparencia absoluta, para que nadie se lleve sorpresas o sobresaltos cada vez que llegamos a un período de liquidaciones o declaraciones fiscales.

  1. Por parte del cliente

    • Definir claramente lo que busca: alguien que le cumplimente las obligaciones formales o, muy por el contrario, alguien que le ayude en la gestión de tu empresa y al que pueda confiarle sus proyectos, inquietudes y desvelos de su empresa. Por eso se le llama asesor profesional: asesor porque ayuda en la gestión de la empresa y profesional, porque tiene una amplia formación especializada en determinados aspectos de la gestión empresarial: fiscal, laboral, contable, financiero, etc.

    Y aquí el problema fundamental es el coste que ello supone para el cliente. No es lo mismo viajar en un utilitario que en un sedán de alta gama. Llegar, llegaremos, pero el tiempo, la comodidad y la seguridad en nuestro viaje, serán diferentes. Como decían nuestros abuelos, nadie regala duros a cuatro pesetas.

    • Al asesor no hay que engañarlo, todo lo contrario. Debe ser nuestro confesor, al menos en la parte empresarial, aunque a veces se mezclan churras con merinas: protección del patrimonio personal, separaciones de bienes, etc. Si le ocultamos algo de especial trascendencia para nuestro negocio, no sólo le estaremos obstaculizando su labor sino también perjudicando en el ejercicio de su trabajo para con nuestra empresa. Si lo engañamos y se da cuenta, estará no sólo al margen de la responsabilidad sobre los actos fraudulentos cometidos, sino que, además, le costará mucho más trabajo protegernos de las posibles consecuencias de los mismos.
    • Recuerde que los impuestos que debe satisfacer no son un capricho de su asesor y que los mismos van a las arcas del Estado. Cualquier duda en ambos aspectos supone una falta de respeto al trabajo de cualquier profesional por poco que este se precie.
  2. Por parte del asesor

    • No vendamos humo a los clientes. La buena capacitación profesional se alcanza lentamente a través de la formación continua y progresiva en muy diversas materias y en base a la experiencia con nuestra clientela. No debemos hacer eso para lo que no estemos capacitados: aprendiz de todo, maestro de nada. Hay que apoyarse en los especialistas de cada materia y si es posible, formar parte sino de equipos multidisciplinares, si apoyarnos en profesionales que se encontrarán en nuestra misma situación, pero en materias diferentes. Una máxima en economía es que la competencia lícita es buena para los mercados. Así que es muy recomendable integrarse en los colectivos de tu misma profesión. Te servirá para informarte, formarte, y compartir experiencias con profesionales de tu misma zona a los que afectan con seguridad, casi los mismos problemas que a ti: intrusismo profesional, asesorías low cost que tiran precios y regalan servicios, colaboración social, nuevas vías de negocio, nuevas normativas, etc.
    • Controlemos al cliente adecuadamente y simplifiquemos al máximo que se dedique a sus labores comerciales y productivas. Cada negocio es un mundo, y llevar a cabo un buen control, dependerá en buena medida de sus magnitudes económicas. Si apartamos al empresario de sus funciones básicas, no logrará sacar adelante su proyecto, aunque debemos mentalizarlo de la importancia del control aspectos fundamentales de su negocio que le permitirán no llevarse sobresaltos: planificación económica, financiación adecuada, tributación justa y estricto cumplimiento de las diferentes normativas y reglamentos por los que se puede ver afectado.
    • Seamos íntegros y no sólo por deontología profesional. Diseñar complicadas fórmulas de evasión fiscal para un cliente puede suponer encontrarnos con un boomerang de consecuencias muy negativas, y no sólo para sus bolsillos, sino también para los nuestros y, por ende, para el prestigio profesional que tengamos o nos quede.
    • Intentad que el cliente no busque en vosotros un unicornio y menos azul: no existe ni existirá. Todo contribuyente debe pagar los impuestos que le correspondan según sus ingresos tributarios y por muy bueno que sea su asesor, pagará, más o menos según la habilidad y conocimientos del mismo para aplicar esta o aquella medida legal, pero siempre dentro de la ley.

Sentadas estas mínimas bases para el desempeño de nuestra labor profesional, suenan de nuevo los clarines y nos enfrentamos cual cuadrilla torera (asesor y cliente) a un nuevo período de liquidaciones con las enormes tensiones y peligros que ello conlleva:

  • Plazos exiguos para la elaboración de las declaraciones (cada vez en menos días) y el novedoso SII, que tarde o temprano se generalizará para todas las empresas incluso para aquellas que no sean grandes (se espera que a partir de 2 millones de facturación)
  • Dificultades para recabar la información por la dejadez de muchos clientes
  • Progresiva complejidad en el control por parte de los organismos públicos
  • Y lo peor de todo: que el cliente siempre piensa que mientras lo demás pagan muy poco, el, paga demasiado.

Llegan de nuevo otras 2-3 semanas de presión sofocante, de insomnio, de malos ratos, a veces de malas maneras y modos de conducta cuando menos reprochables y de un trabajo extenuante si el mismo no ha sido suficientemente planificado. Y sí amigos, eso es lo que hay. Ya sea en vaqueros o en pantalón de pana, ya sea en chaqueta y con corbata, o en chándal de mercadillo, hay que bajar a la arena y realizar cientos de liquidaciones con los menores errores posibles, en los plazos establecidos e intentando convencer, casi siempre sin lograrlo, que los impuestos que deben pagar son esos, y no otros por muy diversos motivos: mayores ventas, menores gastos, más personal, exceso de financiación externa, perdida de bonificaciones, ingresos por subvenciones, o miles de explicaciones más que debemos dar para que nuestro trabajo sea mínimamente creíble y si es posible, hasta respetado.

Dice nuestro sabio y rico refranero, que “para torear y casarse, hay que arrimarse”. Recuerden a partir de hoy que para asesorar hay que hacer lo mismo. Si no lo hacemos, probablemente ya no podremos ser calificados de asesores sino de meros tramitadores burocráticos.

Para terminar, una anécdota que me hizo pensar y casi replantearme esta profesión. Durante una de las típicas cenas de empresa que se realizan en nuestro país en Navidad, un cliente y con el paso de los años, buen amigo, me hizo entrega ante sus más de 100 empleados, de una placa de reconocimiento que rezaba: “en agradecimiento a su trabajo tan desagradable”. Siempre que alguien entra en mi despacho y la contempla, primero se sorprende. Luego, asiente con la cabeza y termina por darle la razón al autor de la frase grabada en metal para la posteridad. Yo también. Sí, “hermano”, cuánta razón llevabas y sigues llevando.

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