La punta del iceberg

por Luis R. Garach

Despedíamos el mes de Julio previamente al paréntesis vacacional, con el anuncio de numerosas medidas de carácter fiscal que el nuevo ejecutivo pretendía introducir en nuestro sistema tributario de cara a los próximos presupuestos del Estado con la decidida intención de aumentar la recaudación y darle destino en más y mayores partidas de las denominadas, sociales.

Con preocupación manifiesta, millones de españoles, incluido un servidor, nos fuimos de vacaciones con un cierto pellizco en el estómago y una sensación de escozor en nuestras carteras, no sólo por la subida habitual de precios en estas calurosas fechas, sino también por la espada de Damocles que pendía sobre nuestras cabezas en materia de impuestos.

Y tal y como dice la primera ley de Chisholm, “cuando parece que ya nada puede ir a peor, empeora”. Han bastado unos pocos días de septiembre para confirmar nuestros presentimientos más negativos en cuanto a la vuelta que se pretende dar desde el gobierno a nuestra política fiscal, para aumentar hasta límites muy elevados con respecto a los actuales, y batir todos los récords de recaudación tributaria, incluso superiores a los existentes en 2007 antes de la crisis.

Las medidas que poco a poco se han ido anunciando, son sólo una muestra más de cómo se pretende meter mano en las finanzas de los contribuyentes de manera directa o indirecta en base al impuesto que se pretenda reformar (IVA, IRPF, Sociedades) o poner en marcha (Impuesto a la Banca, Fiscalidad Medioambiental, Tasa Tecnológica, etc.). Estamos viendo poco más que la punta del Iceberg.

Mientras todos nos dedicamos a especular con cuál será el camino elegido por nuestros gobernantes y sus técnicos, para llevar a cabo este ambicioso plan de recaudación, casi todos los días nos levantamos con nuevas propuestas de ocurrentes políticos que no sólo denotan una falta de preparación necesaria para el ejercicio de sus cargos, sino lo que es peor, un desconocimiento absoluto de la realidad empresarial de nuestro país, y en especial, de las pymes y de los autónomos, auténtico motor diésel de nuestra economía. La contumacia con que muchos políticos se mantienen en lucha permanente contra estos dos colectivos tan sensibles a los vaivenes de los mercados es digna de un artículo aparte aunque aquí, afortunadamente, sólo hablamos de tributación y economía.

Una y otra vez, la historia se repite en nuestro país: cambio de gobierno y giro radical de todas las políticas emprendidas con independencia de si las mismas, han obtenido o no algún tipo de fruto beneficioso para nuestra sociedad y nuestra economía. Nadie se para a pensar si esto o aquello ha funcionado y sólo se mira el matiz ideológico, con lo que cometemos un doble error: anular lo que es positivo y más o menos funciona, y por otro, considerar que lo que promovían sistemas ideológicos del siglo XIX es extrapolable a una sociedad mucho más moderna y avanzada como lo es la nuestra en este siglo XXI. Más que retorno al futuro como la famosa película, es un documental de cualquier tiempo muy pasado, fue mejor.

Somos cainitas hasta la extenuación y no sólo a altos niveles institucionales, sino hasta los más recónditos huecos de nuestra sociedad: ¿cómo vamos a reconocer que lo que ha propuesto un rival ideológico funciona y que nuestra idea debe esperar en el baúl de los recuerdos a pesar de no haber funcionado nunca en el pasado? Jamás. Es preferible vender otra película y rodearla de humo con tal de acabar con “nuestro rival” con tal de intentar llevar razón e imponer nuestras teorías o tesis por muy desacertadas que estas sean. Lo que ha fracasado muchas veces, jamás podrá tener éxito, incluso ni en España, por eso del famoso y manido eslogan “Spain is different”

La dura batalla del día a día que libran millones de empresas y autónomos en nuestra piel de toro, se ve aderezada con decenas de macutazos y filtraciones sobre lo que queda por venir, y créanme, así es muy difícil trabajar y menos pensar en afrontar nuevas inversiones y contrataciones de personal con el que generar riqueza.

Ese miedo al que todos nos enfrentamos cada vez que el gobierno dice que va a aumentar los impuestos o va a tocar esta u otra normativa de índole económica, se convierte en pánico y parálisis en muchos negocios ya que no saben por donde le va a venir los nuevos sablazos fiscales o de cualquier otro tipo.

Y que decir en este sentido de los profesionales de la materia tributaria, que cuando ya hemos interiorizado y aprendido la nueva normativa, incluso se la hemos trasladado con no poca dificultad a nuestra clientela, debemos de armarnos de paciencia para afrontar un nuevo y enésimo cambio normativo que se mueve más que un flan. Pues eso: paciencia, salud y buenos alimentos, ya que lo que tenga que venir, vendrá y poco podremos hacer para remediarlo. La improvisación en materia fiscal es un signo inequívoco de la falta de un cuaderno de ruta mínimo para guiar los pasos de cualquier país.

Leyendo diferentes medios especializados incluso de distinto signo político, empiezan a surgir los primeros e inequívocos síntomas de enfriamiento de nuestra economía:

  • Descenso del crecimiento del PIB
  • Descenso del número de turistas aunque muy diferente según las comunidades: enorme caída en Cataluña y buen crecimiento en Madrid
  • Repunte de la prima de riesgo
  • Descenso de las ventas minoristas
  • Descenso del índice de producción industrial
  • Aumento de las salidas netas de capital
  • Brutal caída de las afiliaciones a la seguridad social, la mayor de los últimos diez años, con un considerable aumento del paro superior a 47.000 personas

Esperemos que sea un resfriado pasajero y no lleguemos al grado de neumonía y congelación como ocurrió en 2008 cuando se negó la crisis y se abocó al país a una de las más grandes de su historia de la que todavía casi no nos hemos recuperado ya que seguimos pagando facturas.

En ese sentido lo que más preocupa es que las mismas fórmulas que entonces nos llevaron al fracaso y casi al estado de derribo, sean las mismas que aprovechando la bonanza económica actual y la fragmentación política de nuestro congreso, pretendan nadar a favor de corriente y borrar de un plumazo cualquier atisbo de progreso alcanzado para impedir su consolidación.

Al final, el eslogan si llevaba razón: España es diferente, pero los españoles, mucho más, al menos en materia de memoria reciente. Ya lo decía Otto von Bismarck, primer ministro prusiano a finales del siglo XIX: “España es el país más fuerte del mundo. Los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”.

Esperemos, por el bien de nuestros hijos y de nuestras futuras generaciones, que esta vez tampoco lo consigan nuestros dirigentes políticos.

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