Inasequibles al desaliento

por Luis R. Garach

Llegamos a la tercera estación de penitencia de nuestro calendario fiscal con el firme convencimiento de que todavía queda por delante lo peor que podríamos esperar: la cuarta y más dolorosa de las penitencias a las que se nos somete.

Sí, aunque no lo crean, con tanto cambio político y con tantas elucubraciones sobre reformas de nuestro sistema tributario, se nos ha ido el santo al cielo, y no nos acordamos del calvario que se nos avecina en Enero de 2019 al tener no sólo que presentar los trimestres y los resúmenes anuales informativos del año que acaba, sino también el temido y tedioso modelo 347 que antes hacíamos en el mes de Febrero.

¡Claro que se les había olvidado! Si sólo estamos pendientes de si se van a subir los tipos del IRPF, se van a quitar las deducciones de los planes de pensiones o se van a meter impuestos o tasas a diestro y siniestro a los bancos y a las empresas llamadas tecnológicas.

Ya lo decía Santa Teresa: “Vivo sin vivir en mi”. Así nos sentimos no sólo miles de profesionales del mundo de la asesoría sino también millones de pequeños empresarios y los contribuyentes de nuestro país.

Los medios de comunicación arrojan a diario diferentes noticias sobre las reformas que nuestro ejecutivo prepara de muy diferente calado para lograr la cuadratura del círculo: aumentar el techo de gasto público, incrementado lo mínimo nuestro sempiterno déficit y sufragarlo con las aportaciones de los más pudientes y como siempre, de los autónomos y de los empresarios, si es preferible, sólo de los más grandes y que, según Hacienda, más eluden de una u otra forma. Y todo ello con la supervisión de los malvados hombres de negro de la Unión Europea al acecho.

La consecuencia más lógica de todo esto es el leve enfriamiento de nuestra economía que se nota no sólo en los mercados sino también a nivel de la calle. Ese techo de seguridad que, aunque fuera de delgado cristal, creíamos que nos protegía, se ha transformado en pocos meses, en un plástico liviano y débil que amenaza con salir volando y dejarnos con las vergüenzas al aire.

Los españoles estamos muy acostumbrados a quejarnos casi por vicio, pero no es menos cierto, que en algunos casos como el que nos ocupa, llueve sobre mojado y además con granizo abundante.

Desde hace ya casi 25 años, como a la mayoría de los profesionales del sector de las asesorías, nos toca lidiar con decenas de clientes de muy diverso origen, formación y condiciones económicas. Y no ha habido hasta la fecha ni uno que yo recuerde, que haya quedado satisfecho con sus liquidaciones fiscales y los importes que ha tenido que abonar en concepto de IVA, IRPF o Sociedades.

Ojo, que a lo mejor lo ha habido, pero desde luego, no lo ha manifestado con sumo alborozo.

Es lógico. Cuando nos tocan el bolsillo, nos duele, y aún más cuando nuestra cultura empresarial a pesar de los últimos esfuerzos educativos realizados es, nos guste o no, de un nivel medio-bajo.

Pocos son los que se paran a pensar en profundidad del origen real de cada una de las liquidaciones a las que deben de hacer frente. Y por mucho que nos esforcemos en explicarlo, en este gremio siempre nos sentiremos pregonando en el desierto.

He de reconocer que mi esfuerzo en ese sentido se centra en los nuevos clientes y en aquellos más jóvenes cuya visión sobre el entramado tributario es un poco más moderna y adelantada. Con los de siempre, salvo error u omisión, ya he arrojado la toalla y me siento casi derrotado, aunque persevere en ello trimestre tras trimestre.

Pero algo distinto se mueve, cuando ahora casi todo el mundo pregunta sobre los cambios que vienen y cuáles les afectarán en sus empresas o negocios. Hay en el ambiente, un halo de preocupación manifiesta que es sumamente perjudicial para la marcha de nuestra economía.

Y ese miedo no vaticina nada bueno ya que se paralizan inversiones, contrataciones, nuevos proyectos, etc., quedándonos con la sensación inequívoca de haber vivido esta situación hace un pocos años y que su resolución, arrastró por el fango a nuestro sistema productivo, al mercado laboral y a todo lo bueno que se consiguió con el esfuerzo de empresarios y trabajadores que fueron sometidos a un intenso bombardeo tributario para paliar los destrozos que una desacertada y muy mala gestión política, perpetró en nuestro país.

Estamos viviendo como se dice en francés, un nuevo “deja vu” que atenaza nuestra mentes, paraliza nuestras decisiones y hace que todo se mueva a un ritmo muy lento, cansino, que no puede suponer nada bueno.

Por mucho que nos guste o no, y aunque el sentimiento no nos lo quitará nadie, debemos seguir adelante y continuar cada uno con las labores que se nos tienen encomendadas: los contribuyentes satisfaciendo su carga tributaria por muy pesada e injusta que les parezca, y los profesionales del asesoramiento, informando con delicadeza a nuestros clientes y explicándoles con precisión de los motivos que les llevan a pagar sus impuestos. De los milagros económicos y de los castillos en el aire, desgraciadamente, ya se encargarán otros.

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