Casos verídicos

por Luis R. Garach

Esta coloquial expresión empezó a utilizarse a finales de los 70 de la mano del conocido humorista sevillano, Paco Gandía, el cual decidió, con notable éxito, alternar el chiste corto con auténticas historias de larga duración con su habitual tono humorístico, a las cuales se les asignó la citada denominación de “casos verídicos”.

Pues créanme que el caso verídico que hoy les traigo, más que humorístico, tiene tintes de tragedia casi griega, por cuanto afecta a millones de españoles, que por muy diferentes motivos, en especial laborales, decidieron un día de golpe y porrazo, convertirse en autónomos para su mayor desgracia.

Alguno creerá que exagero un poco, pero tal vez mi origen granadino me hace destilar en demasía un humor similar al del mencionado Paco Gandía, aunque en un sentido opuesto, más negativo.

A diferencia de otras culturas como la anglosajona, donde el autónomo o emprendedor goza de muy diferentes derechos e incluso, reconocimiento social, en nuestro país no es una especia protegida sino todo lo contrario: a veces se le llega a tratar incluso como una alimaña depredadora y defraudadora a la que hay que tratar de esquilmar, acorralar y si nadie lo remedia, aniquilar.

Craso error de aquellos que sin conocimiento de causa, bien porque no han cotizado ni un solo día de sus vidas, bien limitados por su corsé ideológico basado en teorías económicas que aprendieron en una universidad sesgada y manipulada, no saben ni conocen cómo funciona realmente el tejido productivo de nuestra querida España. Siguen anclados en la revolución industrial y en la lucha de clases, sin enterarse de que estamos ya en el siglo XXI y el mundo, al menos, en esta Europa de mercado único, funciona de otra manera.

Claro está que la culpa no es sólo de los políticos que nos dicen gobernar, sino también de los sistemas educativos que con independencia de quien los pone en marcha (sesudos técnicos manejados por políticos también), nunca han tenido la sensibilidad y la decencia de poner en su justo valor y medida, la enorme importancia del tejido empresarial de nuestro país, y en especial, de esos más de 3 millones de autónomos entre los cuales me encuentro, que dinamizan de una forma inequívoca y decidida, la economía española.

Habría que hacer una encuesta de verdad para conocer de primera mano, no sólo el motivo que hizo a más de 3 millones de españoles meterse a autónomos, sino lo más importante: ¿lo volverían a hacer si pudieran tener otra salida? Si ese inmenso grupo supiera que en su mayor parte, y por mucho que les digan, el día tiene 365 días completos de 24 horas, y que su jornada laboral no está recogida en ningún convenio, ¿elegirían el mismo camino? La inmensa mayoría les dirían que no.

Hace ya casi 15 años que tuve la oportunidad de recorrer decenas de institutos andaluces de mano de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Andalucía intentando sembrar la semilla del autoempleo y del emprendimiento entre los alumnos que unos pocos años después, deberían incorporarse al mercado laboral. Aunque la experiencia fue muy positiva para conocer los sistemas de enseñanza y esa labor abnegada y poco reconocida de los profesores que se encargan de preparar a nuestros hijos, la estadística no daba lugar a equívocos: sólo 1 de cada 10 alumnos, querían montar su empresa, mientras que 7 querían ser funcionarios y otros dos pues ni se manifestaban ni siquiera lo pensaban (los nini, está claro).

De los pocos que comentaban su experiencia familiar y cuyos padres eran autónomos o empresarios, la inmensa mayoría opinaban que sus progenitores trabajaban demasiado y que llevaban una vida muy sacrificada sin ratos libres y en algunos casos, con graves dificultades económicas. Queda claro de dónde salía el rechazo a optar por esta salida laboral cuando sufres en tu propia casa no sólo la inexistencia de horarios de trabajo al uso, sino como contemplas que para seguir creciendo en tus aspiraciones empresariales, no sólo dependes de vender más sino también de las inversiones que debes realizar, de que puedas encontrar los fondos económicos precisos e incluso, del rendimiento del personal que incorpores a tu negocio, ya que eso es un melón cerrado y nos podemos encontrar cualquier sorpresa.

Con todos esos factores de riesgo y esos antecedentes que hielan la sangre al más pintado, ser autónomo o empresario, se transforma en una auténtica aventura de múltiples riesgos y sin descanso, que claro está, nuestros jóvenes no quieren asumir por su cada vez más patente, falta de compromiso. Si a ello le unimos la relajación del sistema educativo con nuestras nuevas generaciones, facilitándoles el aprobado incluso con alguna asignatura suspensa, o reduciendo el nivel para la obtención de becas, está claro que la cosecha de éxitos será cada vez más escasa.  De ahí que se celebren con amplia loa y boato los que se consiguen allende de nuestras fronteras, incluso desde dentro en muchos casos.

La triste realidad es que década y media después de aquella aventura, los porcentajes de estudiantes que optan por la vía del emprendimiento, ha crecido sólo unas décimas y que la situación más que mejorar, ha empeorado ya que al lógico acomodo de nuestra juventud a la vida menos complicada, se une la tendencia generalizada de penalizar a los autónomos con más y más normativas referentes a utilización de medios digitales, protección de datos, prevención de riesgos laborales, fiscalidad, mayores cotizaciones sociales a pesar de las exiguas cantidades que cobrarán en caso de una baja laboral, por no hablar en el caso de alcanzar una jubilación, donde las cantidades causarían hasta sonrojo.

En los últimos meses y debido al cambio de gobierno que hemos experimentado, se vienen sucediendo las propuestas de unos y otros (partidos políticos, agentes sociales, sindicatos, organizaciones empresariales, etc.) sobre los cambios a realizar en el sistema de cotización de este enorme colectivo. Y la verdad es que muchas veces las propuestas que llegan a nuestros oídos causan vergüenza ajena, ya que se nota que emanan sin el menor pudor de políticos desconocedores de la más mínima pista sobre el trabajo de los autónomos y emprendedores de nuestro país. Sólo se busca aumentar la recaudación para destinar esos fondos a otras partidas que nos venden como sociales, cuando en realidad no hay nada más social que proteger a aquellos que se buscan la vida a diario, generando riqueza, realizando inversiones y creando más puestos de trabajo.

 “Los trabajadores autónomos crearon 78.531 empleos netos en los nueve primeros meses del año, el equivalente a una media de 291 nuevos empleos cada día de este periodo, según un informe difundido este viernes por la organización de autónomos ATA, que no ha tenido en cuenta el empleo generado por los autónomos societarios a la hora de elaborar el estudio. En total, el colectivo generó 36.218 nuevos puestos de trabajo asalariado hasta septiembre, a lo que hay que sumar 42.313 nuevas incorporaciones al Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA). El empleo neto generado hasta septiembre de este año por los autónomos (78.531) supera la creación de puestos de trabajo del mismo periodo del año pasado (44.858 empleos netos).” 

Fuente: ATA.

Los números nos indican con claridad por dónde van los tiros, aunque ya sabe: no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni ciego que el que no quiere ver.

¿Para cuándo algún ministro/a que haya sido autónomo o empresario y se rodee de gente experta en cómo funciona este pilar fundamental de nuestra economía? Yo les contesto: nunca, ya que estaría tentado de intentar hacer las cosas en condiciones y no le dejarían. Al más mínimo atisbo de poner las cosas en su sitio, sería denostado por los sectores cainitas de nuestra sociedad de progreso. En eso somos punteros no les quepa la menor duda.

Mientras tanto, no se apuren. El virus del emprendimiento es tan resistente como algunos de esos bacilos que aguantan todo tipo de antibióticos. Sólo se cura a partir de los 65 años, que ya mismo serán 67 ó 70, o incluso solamente con la muerte.

Seguiremos sufriendo las especulaciones sobre cuánto tendremos que soportar de subida en nuestras cotizaciones sociales, la subida de impuestos al diésel, las nuevas normativas de tributación, la eliminación de las bonificaciones y deducciones para la realización de nuevas contrataciones, la sempiterna reducción de pensiones hasta que no quede ni un euro en la hucha de las pensiones, y así, un largo etcétera. 

Pero como decía el bueno de Paco Gandía, solo serán más casos verídicos de este gran país que si no lo remediamos, sólo será un vago recuerdo en la memoria de las futuras generaciones. Tiempo al tiempo.

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