Enero: una cuesta cada vez más larga

por Luis R. Garach

El tiempo, vuela. Casi sin darnos cuenta, se nos ha pasado un 2018 que ha sido bastante movido en política, y en que lo económico, apunta a enfriamiento y desaceleración debido a los numerosos cambios legislativos que se están produciendo en nuestro país debido a la inestabilidad de un gobierno surgido de un pacto imprevisto y muy difícil de digerir para los ciudadanos.

Y es que nuestra democracia por mucho que nos duela, a pesar de sus poderosos cimientos, mantiene el corazón en vilo de todos los españoles cada vez que se produce un cambio de gobierno y tendencia política. En vez de dejar tal cual lo que funciona, las sesudas mentes de los partidos (en unos más que otros, pero en casi todos), cuando alcanzan el poder, deciden cambiarlo todo con tal de salirse con la suya y empecinarse a reescribir una vez tras otra, la historia y las normas de nuevo.

Pero no queda la cosa solo ahí, sino que todo aquello que ha servido para mejorar algo, suele ser desechado por tal o cual personaje que decide que hay que girar 180 grados para hacer algo diferente mucho más conservador o progresista, según el caso. Y sin encomendarse a nadie, salvo a algún autodenominado “gurú” de las finanzas, la economía y los mercados, apuesta por cambiarlo todo sin pararse a analizar de dónde venimos, cómo hemos cambiado y cuál es la situación actual.

Se aprieta el botón de RESET y como quién no quiere la cosa, vuelta a empezar pero con normas nuevas. Y desgraciadamente, todos los cambios llevan un tiempo y si son bruscos, tienen un coste que a veces, no es fácilmente asumible.

Los autónomos y los pequeños empresarios, no pueden vivir con el corazón encogido y en vilo pendientes de decenas de normativas que les atenazan y penalizan para el ejercicio de su actividad. Bastante tienen con poder sobrevivir después de un largo período de crisis económica y haber vuelto a sacar la cabeza para respirar con holgura. Son, en gran parte, los culpables de la gran recuperación económica que ha llevado a España a la cabeza del crecimiento económico en Europa.

Algunos negativistas y agoreros dirán que el coste social ha sido tremendo y negarán lo poco bueno que el anterior gobierno hizo por sacarnos del estado de emergencia en que se encontraba España, y no les faltará su parte de razón. Todo tiene un coste y el pagado por las clases medias en nuestro país ha sido tremendo.

Pero no es menos cierto que cuando se quiere dar un giro a todo lo reconstruido y mejorar la situación actual, la peor opción posible es volver a cargar la principal parte de la recaudación tributaria en el mismo sector que tanto ha sufrido y luchado para alcanzar la situación actual.

Queda claro que todavía no están aprobados los presupuestos pero no es menos cierto que de su lectura sólo se desprende una expresión: terror recaudatorio. Cuando todavía no hemos ni pagado el traje que lucimos, ahora toca cambiarlo de color y ajustarle la talla para que nos permita al menos, respirar.

La procacidad recaudatoria que se pretende poner en marcha, por mucho que las comparemos con otros países de nuestro entorno, es demoledora. Nos quieren sacar del bolsillo la friolera de 20.000 millones de euros más para mejorar, según dicen, la partida de gasto social (y algunas otras que hay que leerse con detenimiento). ¿A costa de quién? Aunque se diga que pagarán más los más ricos, a costa de todos, en especial de la clase media y trabajadora a la que la vida se le hará mucho más cara a partir de la aprobación de estos presupuestos.

Ya analizamos por dónde venían dichas subidas en un boletín anterior, motivo por el cual, más que reincidir, analizaremos cuáles las propuestas que tal vez no sean del agrado de la clase política, pero si son aquellas que cualquier empresario pondría en marcha en su negocio en caso de necesidad:

  • Contención y reducción del gasto corriente: limitación de sueldos de los políticos y de los organismos públicos, pero no los de los niveles bajos, sino de esos que superan el nivel 20 y llegan al 30, incluidos ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas y gobierno central. La reducción de cargos en las administraciones paralelas o incluso la supresión de tanto organismo creado sin necesidad, ayudaría bastante.
  • Reducir al mínimo las contrataciones a dedo y poner en marcha concursos abiertos y claros para que los cargos sean ocupados por funcionarios capaces y formados adecuadamente.
  • Supresión de las pensiones vitalicias para los políticos por el desempeño de su cargo, excepción hecha de los puestos más altos de la escala gubernamental. Vale que a un diputado que trabaja X años y deja atrás muchos años de su vida, le cuente o compute por el doble o el triple que al resto de los mortales, pero amigos, la pensión hay que lograrla cotizando 35 años y alcanzar la edad legal de jubilación que anda por los 65 años y algunos meses. Los demás atajos, son trampas con viso de legalidad muy laxa.
  • Realización de inversiones públicas productivas que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos con claros criterios económicos. Cuantos miles de millones de euros se han tirado en nuestro país en autovías sin sentido, aeropuertos sin tráfico y trazados de tren sin motivo claro salvo amiguismo político. Más que reducir siempre la velocidad en las carreteras y autovías, lo que hay que hacer es mejorar el asfaltado y  poner una señalización que en muchos tramos es deficiente. Se evitarían muchos más accidentes aunque alguien gane menos cambiando señales.
  • Simplificar la relación de los ciudadanos y en particular de los empresarios con las administraciones públicas, aunque en este apartado tanto Hacienda como Seguridad Social se han puesto las pilas. Las deficiencias provienen en gran medida de los organismos autonómicos que nacieron para asumir unas competencias que les vienen grandes, o a las que aplican menos presupuesto y atención del que debieran. Se malgasta el dinero de los presupuestos y por tanto el titánico esfuerzo tributario de los españoles. Estamos “burrocratizados” en exceso.
  • Medidas favorecedoras para la creación de más empleo y bonificaciones tributarias para los emprendedores a la hora de poner en marcha sus proyectos. Pero no como ahora, suprimiendo bonificaciones y reducciones sociales, aumentando un 22,3% el salario mínimo y mandando a la Inspección de Trabajo a las pequeñas empresas, en vez de mandarla a las grandes entidades bancarias, donde el personal realiza jornadas de 10-12 horas sin rechistar salvo que quiera ser trasladado a la otra punta del país. Los empresarios no quieren subvenciones para empezar, lo que quieren es un menor coste en las contrataciones que realizan para poder llegar a fin de mes. Seguro que si en vez de cotizar más, se reduce la cotización, los sueldos podrían ser más generosos y se crearían más puestos de trabajo y habría menos precariedad. La fórmula funciona en otros países y el nivel de paro es mucho menor que el nuestro.
  • Favorecer y no penalizar el ahorro personal para momentos de paro o jubilaciones futuras. Ya sabemos que el sistema de las pensiones está claramente amenazado de cara un futuro muy cercano, pero lo que no podemos hacer en correr en sentido contrario y como siempre, cambiar las normas a mitad del partido. Y este partido no dura 90 minutos, sino entre 30-40 años.
  • Reducir la cuantía de las sanciones tributarias en caso de deficiencias informativas sin quebranto económico para la administración, sería excepcional para las empresas. Y reducir los tipos de interés en los aplazamientos, también ayudaría. La recaudación tributaria se aumenta cuando al personal se le permite mayor margen de maniobra. Acosarlo y fustigarlo con multas sólo lo lleva a desaparecer, o lo que es peor, pasar al lado oscuro de la economía.

Seguramente algún lector avezado intentará encajar mis propuestas en el programa de este o aquel partido político. No se engañe. Son propuestas de lógica económica de alguien que lleva más de 30 años participando activamente en la vida de este gran país, ya sea de forma directa o indirecta en foros y organismos profesionales, asociativos, deportivos e incluso, desde la barrera por esos de evitar alguna cornada, en los políticos.

He visto de todo y de parte de todos como para poder discernir aquello que ha funcionado y aquello que jamás funcionará. Va en la genética de los españoles por mucho que intentemos disimularlo. Somos capaces de quedarnos tuertos con tal de que el otro, se quede ciego. Y claro está, vamos con el paso cambiado con tal de llevar la razón aunque sepamos que nos estamos equivocando.

Pero bueno, la esperanza es lo último que se pierde. Y yo en el tema económico siempre he sido como los equipos de fútbol modestos cuando pierden con un grande y piden más minutos al árbitro: seguro que podemos remontar y dar la sorpresa. En nuestras manos está, no lo duden.

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