Sólo con apretar una tecla

Finalizado el exigente e intenso mes de enero con la presentación de los habituales modelos tributarios trimestrales y de las cada vez más complejas, declaraciones informativas anuales, nos metemos de lleno en el mes de febrero para cumplimentar el tan odiado modelo 347. Si, ese al que prestamos mucha menos atención de la que debiéramos y que siempre suele ocasionar algún susto cuando recibimos algún requerimiento informativo por el cruce de datos que se origina con el mismo.

Pero que le vamos a hacer. Si al final como dicen algunos iluminados, es sólo cuestión de darle a la tecla, que el programa hace el resto.

Pues no queridos lectores, por mucho que queramos, y aún siendo el programa tan bueno como muchos que hay en el mercado (nosotros, por supuesto, recomendamos CONTASOL), el programa no hace ni que las liquidaciones cuadren, ni las emite con sólo pulsar una tecla.

Esta teoría que yo llamo del “fontanero”, sin menospreciar a esta noble profesión, está cada vez más implantada en muchas de las empresas de nuestro país. Y para lo único que sirve es para menospreciar y denostar el trabajo que miles de profesionales llevamos a cabo intentando controlar la gestión contable y fiscal de muchos negocios, donde lo que prima es vender y cobrar, no prestando demasiada importancia a las labores administrativas, financieras y fiscales que, son consideradas erróneamente como secundarias o casi prescindibles: “si eso ya lo lleva la asesoría”.

¿Qué es la teoría del fontanero? Pues esa que nos lleva a montar en cólera cuando cualquier reparación por pequeña que esta sea, nos cuesta un dolor de cartera ya que consideramos que sólo se trataba de apretar una tuerca o poner un tornillo en determinado lugar. Que si, que han sido 20 minutos de reloj, pero es que para saber lo que no funciona o lo que se ha averiado, el técnico tiene que contar con los conocimientos adecuados y llevarlos a la práctica, so pena de ocasionar un perjuicio aún mayor. Y esa inversión de tiempo y porqué no decirlo, dinero, hace a nuestro querido fontanero acreedor de la factura que cobra.  Por no hablar el tiempo que tardamos en localizar uno disponible, ya que se trata de un sector, como otros muchos, donde hay pleno empleo. Que esté o no regularizado, es harina de otro costal y en eso, no nos vamos a detener, aunque queda clara nuestra clara aversión a este tipo de conductas.

Exactamente igual pasa con nuestro gremio, el de los profesionales del asesoramiento. Y es que a veces, la cosa se pasa de castaño oscuro cuando algún cliente, con más habitualidad de lo que Ustedes creen, con su peculiar verborrea de barra de bar, te suelta: si eso es automático, lo puede hacer cualquiera.

Pero bueno, encajas el golpe, tragas saliva, cuentas hasta 10, y después en vez de mandarlo al quinto pino, piensas en tu familia, en tus empleados que también son tu familia, y decides suavizar el asunto diciéndole: ya, pero es que nosotros lo revisamos y comprobamos para que nada se escape de control, y puedas dormir tranquilo sin que Hacienda, te mande una carta, o te menta la mano en el bolsillo.

Aterrador pero cierto. Puede mucho más el temor a la Agencia Tributaria, que perder el tiempo en explicarle a muchos de nuestros clientes que las cosas no son tan sencillas como ellos piensan y, que detrás de cualquier despacho, hay un auténtico arsenal de argumentos que le harán cambiar su percepción sobre nuestro trabajo y su correcto desempeño.

A bote pronto:

  • Formación continua del personal: la normativa tributaria es cambiante y la legislación se mueve con una facilidad pasmosa, motivo por el cual, siempre tenemos que estar actualizando nuestros conocimientos. Y eso supone tiempo y dinero.
  • Inversión en equipos informáticos: atrás quedaron las liquidaciones en papel y las obsoletas máquinas de escribir. Todo se hace a golpe de teclado en un ordenador que cada vez tiene que ser más potente para soportar el software adecuado y cuyos requerimientos técnicos son más exigentes. No olvidar la fibra óptica para Internet, sino queremos desfallecer ante la lentitud de una línea ADSL.
  • Un software adecuado para prestar un buen servicio a nuestros clientes. No hablamos de una hoja de cálculo y un tratamiento de textos. Hablamos de aplicaciones muy específicas que, además tienen que disponer de actualizaciones rápidas para recoger cualquier cambio normativo o tributario que se produzca.
  • Personal suficientemente formado y experimentado para poder adoptar la decisión adecuada sobre qué tipo de tributación afecta al cliente con el que tratan, y qué opción se debe escoger en cada una de las decenas de disyuntivas que a diario se nos cruzan en el camino sobre la interpretación correcta o no, de esta o aquella norma tributaria en base al criterio de la administración pública.

Como verán, la cosa no es tan sencilla como darle a una tecla. Aunque puede ser cierto que, si alguna empresa cuenta con alguien detalloso y escrupuloso en machacar datos en un programa puede que, al pulsar una tecla, le salga la correspondiente liquidación. Otro cantar es que la misma sea o no correcta. Me temo que no lo estará.

Y como suelo decir, de muestra un pequeño botón del modelo más habitual con el que nos enfrentamos en las asesorías: el modelo 390 Resumen Anual de IVA. Ese que cada año que pasa, tiene más páginas pero que Hacienda pretende en pocos años, mandarnos a nuestra empresa casi confeccionado. Porque esa es la tendencia que nos alcanzará en muy poco tiempo.

Pongamos que soy un simple administrativo con algunos conocimientos contables y que mi jefe, por eso de la economía de costes, decide ponerme un maravilloso programa gratuito para llevar las cuentas, y al mismo tiempo, que le haga las liquidaciones trimestrales, y puestos a ello, el resumen anual o 390.

Metidos en materia, buscamos el asiento automático de facturas recibidas, y nada, leña al mono y a machacar facturas. Sello por aquí y por allá, y al archivo. Jolín, que fácil. Las primeras mil, me ha costado, pero a partir de ahí, coser y cantar.

Llega un trimestre, y nada, tecla que te crío y me sale un precioso modelo 303. Que guay, cuantos colores en pantalla. Pues nada, se lo paso al jefe y que lo vea. Respuesta: niño, que sale a pagar una pasta y no tenemos un duro. ¿Qué tripa se nos ha roto? Damos la callada por respuesta ya que no sabemos por dónde viene el tiro. Si soy medianamente curioso, se me amontonan unas cuantas decenas de preguntas:

  • ¿Habré metido bien todas las facturas?
  • ¿Qué diferencia hay entre un gasto y una inversión? ¿Figuran en el modelo dentro de la misma casilla?
  • Tengo operaciones con diferentes tipos de IVA. ¿Se meten todas juntas?
  • Tengo operaciones intracomunitarias. ¿Se declaran aparte?
  • Según el modelo 303, ¿estoy ganando o perdiendo dinero?
  • Si la empresa está con las cuentas bajo mínimos y además no tengo liquidez, ¿por qué me sale a pagar tanto? ¿Hay alguna explicación al respecto?

Y así podríamos seguir durante mucho tiempo. Y sólo hemos hecho un trimestre. Cuando tengamos los cuatro y, además, tengamos que cuadrar todo el resumen anual, nos preguntaremos:

  • ¿Tengo que aplicar eso que llaman prorrata?
  • Hay proveedores que me aplican recargo de equivalencia. ¿Y eso qué es?
  • ¿Cómo sé si me coinciden los datos de las facturas de venta con la cifra de negocios del ejercicio?
  • ¿Cómo tengo que declarar la venta de un inmovilizado?
  • ¿Qué son las operaciones exentas?

Y así, y por no aburrirles, un largo etcétera.

En resumen: este trabajo les garantizo que no es nada fácil y se puede complicar hasta niveles estratosféricos. Se curra más de lo que parece y, además, hay que dedicarle muchas horas de nuestro tiempo libre en formación y en estudio de las diferentes opciones tributarias para que la decisión que adoptemos sea la correcta y ahorre dinero a nuestro cliente sin ocasionarle posteriores problemas. 

Así que la próxima vez que piense que se trata de darle solamente a una tecla, piense en la factura del fontanero que sí sabe cuál es el tornillo o tuerca que tiene que apretar. Nosotros probablemente no le ocasionaremos una gotera, pero si no somos profesionales, podremos originarle algo mucho peor: un problema con Hacienda con todo lo que eso conlleva.

Como dice nuestro valioso refranero: “del agua mansa, líbreme Dios, que de la brava me libraré yo”. Hasta el mes que viene.

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