La tormenta perfecta

Parece que fue ayer cuando empezaron a circular poco a poco las alarmantes noticias  sobre la aparición de un nuevo coronavirus que amenazaba con extenderse como la pólvora por todo el globo terráqueo. Queda claro que los pronósticos iniciales de los “expertos” de nuestro país no fueron muy acertados y que, siete meses después, casi hemos alcanzado un millón de contagiados y lo que es peor, más de 33.000 víctimas mortales (siempre según las estadísticas gubernamentales) ya que, según otras fuentes más o menos fidedignas, la cifra podría oscilar entre los 47.000 y 55.000 fallecidos.

Era previsible que como consecuencia de los diferentes y selectivos confinamientos que se han llevado a cabo, se están repitiendo y se volverán a realizar desgraciadamente en futuras fechas, la paralización de la actividad económica iba a suponer un inmenso varapalo no sólo para nuestras maltrechas arcas públicas, sino también para los bolsillos de los millones de contribuyentes que tienen que aportar para abastecer las mismas.   

Este negro panorama que desde ciertos sectores se nos ha intentado edulcorar con frases y lemas publicitarios dignos del intelecto de criaturas emergidas de las películas del más degradante cine americano de los 80, no estaba completo para nuestra desgracia. Aún le faltaba el corolario que venía a demostrar que nos encontrábamos ante la tormenta perfecta, título cinematográfico de una inquietante aventura basada en una historia real que llegó a nuestras pantallas a principios del año 2000, y que hoy da nombre a nuestro artículo.

Dice nuestro refranero, que “las desgracias nunca vienen solas”, pero lo peor de todo, es que están empezando a ser multitud, hecho este que acrecienta sobremanera la sensación de desasosiego y desesperanza de nuestros conciudadanos.

Todos saben que en una catástrofe como en la que nos encontramos, sufre la gran mayoría de la población, con especial incidencia como sabemos en el caso de la enfermedad, en las personas de la tercera edad y en aquellas con patologías pre-existentes, que agravan aún más, los nocivos efectos de una enfermedad para la que ni nuestros sistemas sanitarios estaban preparados, ni se ha encontrado por el momento, vacuna o medicamento que evite o palíe sus mortales efectos.

A pesar de la gravedad médica y sanitaria de la pandemia, las medidas llevadas a cabo para cortar de raíz su propagación mundial, han supuesto como todos sabemos, una brutal paralización de la actividad económica de todos los sectores productivos, con desigual incidencia según países, pero tremendamente crítica en países como el nuestro, donde una gran parte de nuestra riqueza se obtiene de la industria turística.

El desplome del empleo y la bajada de nuestro PIB encabezan las estadísticas negativas de los países que forman parte de la Unión Europea y por qué no decirlo, también del mundo desarrollado. Ese breve respiro temporal que supuso el desconfinamiento veraniego sólo sirvió para poner al descubierto más aún si cabe, ciertas deficiencias de nuestro sistema productivo:

  • Tenemos un ejemplar sistema sanitario público que sigue sufriendo los tremendos recortes que se han ido llevando a cabo desde la anterior crisis de 2008. Y ello se ha hecho mucho más palpable cuando ha sido puesto a prueba en circunstancias extremas como las vividas en los meses de marzo a junio.
  • Nuestra economía depende en gran medida del sector terciario, que es el que crea la mayoría de los empleos de nuestro país. La paralización de los viajes entre países y el confinamiento en los hogares, ha destrozado a la hostelería y la restauración provocando pérdidas multimillonarias y un paro brutal, que en nuestro caso, además, se agrava por ser el segundo país más visitado del  mundo: 84 millones de visitantes en 2019.
  • El resto de sectores productivos no puede asumir el ingente número de parados provocados por la pandemia, dado que nuestro país ha ido perdiendo progresivamente las ventajas competitivas que tenía en su entorno geográfico y que permitían la instalación de grandes compañías en nuestras ciudades: el notable aumento de los salarios mínimos, la conflictividad laboral de mano de los sindicatos mayoritarios, la tremenda inestabilidad política, la inseguridad jurídica por la diferente y variopinta legislación autonómica, y así un largo etcétera, no contribuyen demasiado.

A estas altura del artículo alguno de los lectores me tacharán de catastrofista, pero me temo que más bien soy realista, ya que lo que eran oscuros nubarrones y chaparrones más o menos intensos, se han confabulado para poder alcanzar el grado máximo de tormenta de la mano de nuestros gobernantes al considerar que en esta situación, lo mejor era dar no una, sino dos vueltas de tuerca, y poner en marcha, además de la mayor subida fiscal que se recuerda, sino también una singular y arriesgada apuesta por un cambio integral de nuestro sistema productivo.

He de reconocer que en estos intensos meses de pandemia, probablemente obligado por el prolongado confinamiento, he retomado el contacto con los medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales. Pero he de reconocer que se me están pasando las ganas por un claro motivo: el creciente maniqueísmo político que no sólo contribuye a dividir al personal en direcciones contrapuestas que en nada ayudan a superar nuestra situación actual, sino que además alienta el enfrentamiento que considerábamos enterrado por contiendas libradas en épocas muy pretéritas de nuestras historia, todo ello convenientemente regado de subvenciones públicas y dádivas con contratos publicitarios para alentar el sectarismo más descarado.

No obstante, hay otras noticias como son las económicas, donde el sesgo cuenta menos, pero donde si queda manifiestamente claro que las principales víctimas de esta singular pandemia, van a ser, como no podía ser de otra manera, los millones de autónomos y empresarios que han sufrido en primera persona, los devastadores efectos de esta nueva crisis, y donde nuestros gobernantes, siguen mirándolos de reojo como un enorme problema, y no como la solución de gran parte de los mismos.

Los millones de parados que la pandemia ha generado han podido acogerse sino a las prestaciones del desempleo vía ERTE, a otro tipo de ayudas sociales ya existentes o las implementadas de urgencia, como el ingreso mínimo vital. Pero con los empresarios y autónomos desgraciadamente no ha ocurrido lo mismo, y la mayoría han quedado desamparados, con ayudas mínimas o insuficientes para su niveles de pérdida y los enormes riesgos asumidos para mantener sus empresas en funcionamiento.

De ahí nuestro inusitado interés por conocer las estadísticas diarias de contagios y expansión del virus, intentando oír alguna noticia positiva sobre contención de la pandemia o la aparición de alguna vacuna o medicamente milagroso, aunque mucho me temo que dado nuestro carácter mediterráneo y obstinado, lo primero se plantea muy complicado como ya estamos comprobando, y lo segundo, se fija como mínimo a medio-largo plazo.

Tal y como ocurre en el film que hoy recordamos, estamos con el agua hasta el cuello, no nos da tiempo a extraer todo el agua que inunda nuestras bodegas, y parece que nos podemos ir a pique, aunque como buena tripulación, seguiremos luchando y medio respirando hasta la extenuación.

No se preocupen. Cuando se atisba algo de luz debido a la ingente cantidad de millones de ayuda europea comprometida para poder medio salir a flote, tal y como ocurre en la historia real de nuestra película, ahora llega la gran y última ola que puede provocar nuestro hundimiento total. ¿Saben ya de lo que les hablo? Sí, me lo temo y no es otra que la subida fiscal más brutal de las últimas décadas.

Y no crean que va a ir dirigida a las clases más altas y pudientes de nuestra sociedad. Ni mucho menos. Es un auténtico torpedo a la línea de flotación de las clases medias que son las que más van a sufrir en sus bolsillos todo el tremendo arsenal tributario que se quiere poner en liza para entre otros motivos, paliar los efectos de esta crisis sanitaria.

Como bien dice cierto economista de reconocido prestigio que ameniza las mañanas radiofónicas en nuestro país, esos impuestos no los van a pagar las grandes compañías, “sino Usted, señora”. Todo impuesto con el que queramos penalizar a las grandes empresas, siempre se traslada al consumidor final, ya que es este el eslabón más débil de la cadena, y aquel que finalmente soportará en su cartera los impuestos que se van a poner en liza. Y si se trata de subir el IVA de ciertos productos, tampoco se equivoquen: las economías pudientes lo podrán soportar, pero las débiles, no. Ello retraerá el consumo y por tanto, no sólo no subirá la recaudación fiscal, sino que decrecerá, como ha pasado siempre en crisis anteriores.

Los fantasmas del pasado vuelven a surgir cuando hablamos de política tributaria en nuestro país. Si el famoso plan E de Zapatero fue un tremendo desatino apostando por el despilfarro de miles de millones en ejecución de obras públicas innecesarias, ahora y con la que está cayendo, se pretende subir el gasto público en más de un 50% y subir la presión fiscal, una de las más elevadas de la Unión Europea, en más de 4 puntos para las rentas más elevadas, aunque como siempre, la sufrirán las clases medias vía tributación indirecta como siempre.

Para terminar el pastel, los autónomos con altos niveles de ingresos, verán subir sus cuotas hasta niveles desconocidos, aunque esa reforma es muy parcial, al dejar fuera a los autónomos societarios, familiares y acogidos al sistema de módulos. Cuando más se han reducido los beneficios económicos de millones de familias, más se quiere recaudar para, según explican, iniciar una recuperación basada en la transición ecológica, la recuperación medio ambiental y sentar las bases para una adecuada sanidad y educación pública que se ha visto desbordada en las condiciones actuales.

Que cada uno saque sus propias conclusiones y sepa calcular cuánto le va a tocar el bolsillo este negro panorama fiscal que amenaza la recuperación económica de nuestro sistema de bienestar. Me atrevería a decir que lo suficiente como para retraer el consumo, reducir la recaudación fiscal y apagar la poca inversión privada en materia de creación de empresas y generación de nuevos puestos de trabajo.

Cuando toda Europa apuesta por la reducción de impuestos y crea nuevos incentivos para las empresas privadas, aquí vamos en el sentido contrario: más impuestos y más gasto público. Será para comprobar que algo que siempre ha fallado, ojo, no sólo en España, sino en cualquier lugar del mundo, al menos no perdamos la esperanza de que una vez, pudiera salir bien.

Como decimos en esta tierra, “la esperanza es lo último que se pierde”. Así que confiemos en que las cosas vuelvan a su lugar, el COVID encuentre cura y que esa maravillosa máquina que es el tejido empresarial español, vuelva a poner toda la carne en el asador para sacarnos del profundo pozo en que la pandemia ha sumergido a nuestra economía. Depende de todos, aunque como siempre, algunos, los de siempre, pondrán de su parte mucho más que el resto. Seguro.

Dónde estamos

Geolit, Parque Científico y Tecnológico
Edificio Software DELSOL · 23620
Mengíbar · Jaén

Centralita: 953 22 79 33
Comercial: 953 21 41 00

Área Comercial

  • Distribuidores
  • Colaboradores
  • Preguntas frecuentes

Atención al Cliente

  • Soporte técnico
  • Zona Privada
  • Utilidades

Software DELSOL

  • Acerca de Software DELSOL
  • Descárgalo gratis
  • Desarrolladores
  • Responsabilidad Social
  • Trabaja con nosotros
  • Resultados encuestas 2020
  • Boletín DELSOL
  • Contacto

Políticas

  • Política de Gestión
  • Política de Privacidad
  • Política de Seguridad
  • Términos de Uso Generales
  • Condiciones Generales de Contratación
  • Política de Cookies
Idioma
  • eses
  • caca
Microsoft Partner
Aenor 27001
Aenor 9001 | Calidad
iQnet
iQnet Sr10
Confianza ONLINE
Great Place to Work
  • linkedin
  • youtube
Software DELSOL, S.A. utiliza cookies propias y de terceros con finalidad analítica y de marketing. Puedes configurar o rechazar las cookies haciendo click en el botón "Configurar".