Luces de Bohemia

Parece que ya termina pero aunque se añada una nueva cifra en el casillero, será muy complicado para todos olvidar el año que termina, este 2020 que se presentaba como los anteriores, lleno de esperanza y de buenos deseos, pero que se torció desde el principio y nos deja un cúmulo de negatividad y lo que es peor, decenas de miles de víctimas que se han quedado en el camino y a las que no las hemos podido despedir de la forma adecuada por las duras y difíciles circunstancias en las que vivimos.

Es habitual llegados a estas alturas del año, hacer un breve resumen de aquello más destacable de los últimos 12 meses que nos ha tocado vivir, pero creo que la mayoría coincidiremos en que hemos sufrido y con diferencia, la crisis sanitario-económica más importante de los últimos cien años, con independencia de las dos contiendas mundiales.

Preocupados en nuestro país por las medidas económico-sociales que el gobierno de progreso podría implantar con sus nuevas políticas presupuestarias, nadie en su sano juicio podría prever que la aparición de esta pandemia podría tener unos efectos tan devastadores como estamos viviendo en nuestro país en la inmensa mayoría de los sectores productivos.

Si ya de por si existía una honda preocupación por la deriva ideológica de las actuaciones que se empezaban a adoptar, la pandemia ha contribuido a sesgar aún más si cabe, la actuación gubernativa en la adopción de muy diferentes medidas que si bien en algunos momentos han frenado la sangría económica de nuestro tejido productivo, en otros se han mostrado inútiles, escasas y a todas luces insuficientes para atajar el destrozo que nuestro PIB sufre desde que empezó esta cruel pesadilla que todavía no ha llegado a su fin.

Ha habido incluso voces altisonantes que han hablado de momento idóneo para promover el cambio de modelo productivo. Seré tenue en mi crítica al respecto, aunque les recomendaré un buen paso de años por alguna de las numerosas y prestigiosas facultades de ciencias económicas y empresariales públicas de nuestro país, pero sobretodo y en especial, que trabajen como empresarios o autónomos aunque sea 24 horas de su insípida existencia. La vida del político teórico que no ha trabajado jamás en su deambular biológico y que se deja llevar por su sectaria agenda ideológica, está de más al día de hoy en nuestro país, y en cualquiera que se precie de nuestro entorno. Lástima que haya algunas docenas de ellos calentando inútilmente los escaños de nuestro sagrado hemiciclo y cobrando unos cuantiosos emolumentos para destrozar justamente lo mismo que han jurado o prometido defender.

Después de más de 9 meses de pandemia, tenemos el dudoso honor de encabezar junto con nuestros hermanos argentinos, la clasificación negativa de destrucción de riqueza de cualquier país del mundo. Nuestro PIB se ha desplomado, la economía está hundida y no se atisban esta vez en el horizonte ni los famosos brotes verdes, ni de otro color que pueda llevarnos a pensar lo contrario.

La esperanza de la aparición de diferentes vacunas es el clavo ardiendo al que nos cogemos, por qué no decirlo, con más miedo y preocupación debido a los escasos tiempos en que dichos procesos se han llevado a cabo. Pero aun creyendo en dicho hilo de frágil esperanza, sabemos que lo que queda por delante, es harto complicado para empresas y trabajadores.

Nuestros dirigentes ya no se preocupan en hablarnos de recuperación en U, V, W, ó L. Nos siguen lanzando consignas publicitarias dignas de las campañas orquestadas en los comicios estadounidenses, como si Albacete fuera Arkansas, o Málaga fuera la nueva California. Y por lo visto en las encuestas, además les funciona, lo cual dice mucho del nivel cultural medio de nuestra población, lógico después de más de media docena de leyes educativas que nos han conducido hasta la situación actual, y lo que es peor, amenazan con empeorar más si cabe, el nivel mínimo exigible para obtener un título y acceder al complicado mercado laboral.

Nos dijeron que saldríamos más fuertes y resulta que vamos a perder en pocos meses el fruto y el sacrificio de más de 20 años. Nos animaron a recuperar nuestras vidas y salir a la nueva normalidad en cuanto el verano hizo acto de presencia. Por correr y gracias a la mala cabeza de todos, absolutamente todos, nos encontramos en una segunda ola de la pandemia que ha cercenado de raíz, lo poco que empezábamos a recuperar.

Cuando las fiestas navideñas surgen cual estrella de oriente, nos encontramos perimetralmente confinados, con casi todo cerrado o funcionando a medio gas, y con el alma contenida para poder disfrutar de los familiares y allegados aunque sea alguno de los días tan especiales que se avecinan, acongojados y preocupados de posibles contagios y de una posible tercera ola que termine por colapsar los exhaustos servicios sanitarios de nuestras comunidades, nuestros particulares reinos de Taifas que han llevado de muy diferentes maneras su particular guerra contra el virus ante la incapacidad del mando único formado por expertos desconocidos protegidos eso sí, por la LOPD. Faltaría más.

Y cuando todo esto ocurre en nuestra piel de toro, hace falta ser un buen matador y empezar a poner banderillas de fuego en el lomo del tejido empresarial que nos tiene que sacar de esta colosal crisis: subida del salario mínimo interprofesional, subida de las cotizaciones de autónomos además con efecto retroactivo, creación de nuevas figuras impositivas que tendrán inmediato traslado al consumidor final, por no hablar del considerable aumento del gasto social, algo que será inasumible ante la bajada de ingresos tributarios en estos momentos de paralización brutal de la actividad económica. Unos presupuestos de papel couché que no se sostienen y que a poco que aumenten los tipos de interés (el Banco Central Europeo no lo quiera o permita), serán el mayor desatino de la historia democrática de nuestro país.

Ha querido el caprichoso destino que el dichoso virus me haya rozado como a otros dos millones de españoles, y me haya tenido postrado de la cama de un hospital más tiempo del deseable. La lucha ha sido ardua y aún no ha concluido pero si me ha permitido comprobar que nuestros médicos y sanitarios luchan sin tregua contra esta maldita pandemia y ponen todo su esfuerzo por sacar adelante a todos esos ciudadanos anónimos que sin saberlo ni esperarlo, pasaron a formar parte de esa maldita estadística que desde hace muchos meses, abre la cabecera de todos nuestros informativos.

Espero y deseo de corazón que el año venidero nos traiga mejores noticias que nos permitan recuperar nuestras vidas, nuestras empresas y negocios y lo más importante: la sensación de humanidad que cada día que pasa, tenemos más olvidada y estamos perdiendo a pasos agigantados.

Tal y como Valle-Inclán recogía en su obra que da título a este artículo, “No hay espacio en España para el genio o el trabajador. Solo para el canalla y la infamia”. Esperemos que su particular teoría del esperpento no se imponga ni encuentre acomodo en nuestro país un siglo después de ser escrita. Estaríamos volviendo a dilapidar todo lo andado en estas cuatro últimas décadas de democracia que nos dimos gracias a la Constitución de 1978.

In memoriam de Juan Hinojosa Lizana, fallecido el pasado día 28 de Noviembre en Jaén, víctima de la pandemia del COVID.

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