La vida sigue igual

Empezamos un nuevo año inmersos en la misma y cruel pandemia con la que abandonamos el anterior, llenos eso sí, de numerosos y buenos propósitos para intentar cumplir en los próximos meses, siempre que la economía y la sanidad nos lo permitan.

Pero no nos engañemos: seguimos igual o tal vez, un poco peor. Y no quiero ser pesimista más aún después de luchar contra el virus y vencerlo, no sin un cruenta batalla, de la que desgraciadamente han salido derrotados en estos pasados meses, más de 50.000 españoles (más de 70.000 según otras fuentes fidedignas).

Con los contagios subiendo por doquier después de nuestra particular manera de interpretar las normas de las autoridades en las pasadas fechas navideñas y de saltarnos a la torera todo aquello que nos pongan por delante dado nuestro carácter latino, el país se ve abocado a una crisis de proporciones bíblicas que nos lastrará durante unas cuantas décadas. Lo que serían casos aislados, se han transformado en más de dos millones de contagios y una brutal crisis de la que seguro, no saldremos más fuertes, sino mucho más débiles económicamente hablando. Y eso, aquellos que salgan.

Cada día que nos levantamos, comprobamos con asombro y hasta diría sonrojo, las nuevas medidas tributarias que nuestro ejecutivo está llevando a cabo para reflotar nuestra maltrecha y casi extinta economía. Unidas a la dádivas insuficientes e inconsistentes que se están repartiendo, llegan múltiples subidas de impuestos que según los ideólogos de esta puesta en escena, ayudarán a reflotar nuestro PIB para en poco tiempo, volver a la senda del crecimiento y la prosperidad.  

Que Dios reparta suerte, ya que mucho me temo que nos estamos metiendo en un agujero oscuro y profundo, del que no nos va a sacar nadie, menos aún con el conformismo militante que se está instalando en una sociedad adormecida y conformista con lo que nos está tocando vivir.

Como todos los meses de enero, el mundo del asesoramiento profesional se ve abocado a un colapso laboral al tratar de llevar a cabo sus tareas fundamentales: terminar en tiempo y forma reglamentarias, las diferentes liquidaciones tributarias de sus clientes. La actual pandemia ha venido a acrecentar aún más si cabe, el estrés en el que desarrollamos nuestro trabajo, no sólo por la dificultad para relacionarnos con nuestros clientes, sino por las trabas para realizar desplazamientos, los contagios en el personal de nuestras empresas, y por qué no decirlo, la falta de flexibilidad que las autoridades tributarias vienen mostrando desde hace ya mucho tiempo.

Enero, con su cuesta, sus fiestas y puentes, no es el mejor marco temporal para llevar a cabo tanta liquidación periódica unida a las cada vez más exigentes declaraciones informativas, más aún si cabe, con la responsabilidad añadida a nuestras espaldas, del régimen sancionador existente, donde el más nimio detalle de tipo estadístico, supone cuantiosas sanciones ya que así lo ha querido el legislador. Como se decía antiguamente, “la letra con sangre, entra”. Y si nos tocan la cartera, pues nos duele mucho más.

Así que vamos a ir pensando en alguna reforma tributaria que mejore y amplíe los plazos de presentación de las liquidaciones, ya que los asesores estamos al borde del colapso, no sólo por la estrechez de plazos, sino también por la dejadez de muchos de nuestros clientes que lo dejan todo para última hora. Ya no es cuestión de horas extras o de esfuerzos de fin de semana. Estamos raspando lo que podría alcanzar el calificativo de milagro, el hecho de poder terminar un período sin ningún tipo de incidencia pecuniaria y seguramente, a costa de nuestra salud.

Seguro que lo que voy a decir molesta a ciertos estamentos, pero muchos funcionarios de determinados organismos con los que nos relacionamos y muy frecuentemente, los asesores de empresa, han encontrado una excusa perfecta en esta pandemia para hacer una dejación de funciones al límite de la decencia. Sabemos que no pueden asistir en tropel a su puesto de trabajo, pero se les ha dotado en la mayoría de los casos (al menos eso dicen sus jefes), de las herramientas precisas para llevar a cabo sus funciones mediante teletrabajo, algo que si han hecho la mayoría de las empresas que lo pueden implementar en el sector privado.

No es de recibo que habiéndonos enfrentado desde nuestros despachos a la mayor crisis sanitaria del último siglo, aplastados por una montaña normativa y la tramitación de nuevos y rigurosos procedimientos y decenas de gestiones para socorrer y ayudar a nuestros clientes, no hayamos encontrado auxilio ni ayuda, no presencialmente, sino telefónicamente.

Podría hacer una dolorosa estadística de aquellos organismos que nos han dejado sin apoyo o donde el mismo, ha sido mínimo o testimonial, pero tengo claro que hay mucho funcionario que se ha aprovechado de estas circunstancias para tomarse unos meses sabáticos a costa del erario público. Ellos no tienen los mismos problemas que los autónomos que lo han perdido todo al tener que cerrar sus negocios por motivos sanitarios y que están hundidos moral y económicamente. Ellos siguen cobrando su nómina a pesar de la dejadez manifiesta de funciones que han pergeñado sin el menor escrúpulo, mientras esos pequeños empresarios y sus asesores, golpeábamos con insistencia sus teléfonos y correos electrónicos sin encontrar respuesta a nuestras consultas y súplicas. Cuanta frustración causa no poder llevar a cabo aquello que se te ha encomendado por causa de terceros que no cumplen con su cometido, y cuanta rabia contenida cuando esos haraganes son defendidos por sus jefes y sus propios sindicatos por claras razones ideológicas. España es así, nos guste o no.

Las esperanza es lo último que se pierde, y nos da igual que venga materializada en forma de vacuna o medicamento que nos alivie de este pandemia asfixiante. Lo que seguro que no vendrá es de los fondos europeos de rescate, ya que además de ser insuficientes para nuestro tremendo agujero económico, parecer ser que será un Plan E segunda parte, y todos sabemos de sobra como terminó aquello.

Pero bueno, como decía la canción de nuestro querido y universal Julio Iglesias,

“Siempre hay por quien vivir, por quien amar. Siempre hay por qué vivir, por qué luchar. Al final, las obras quedan las gentes se van. Otras que vienen, las continuaran. La vida sigue igual.”

Lástima que a este paso, no va a quedar piedra sobre piedra de nuestro maravilloso y fantasioso, estado del bienestar. Tiempo al tiempo.

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