Decíamos ayer...

Nadie en su sano juicio, a pesar de nuestro pesimismo endémico, podría jamás pensar en un guión tan nefasto y doloroso como el que esta dichosa pandemia ha escrito con renglones de enfermedad y muerte en todo el mundo, y especialmente, en nuestro país. 

A cualquier guionista cinematográfico de la escuela americana le faltaría imaginación para trasladar al celuloide lo que los españoles hemos sufrido durante estos 12 últimos meses y el alto precio que hemos pagado y que, seguramente, seguiremos pagando durante mucho tiempo tanto en términos de población como económicos. 

A pesar de los reiterados avisos ignorados una y otra vez en ciertas esferas, los como mucho “uno o dos casos”, se transformaron en este largo año, en más de 3 millones de casos y más de 70.000 fallecidos reconocidos oficialmente. Una crisis de tremendas proporciones como todos sabemos que lleva aparejada otras dos con no menos efectos perniciosos: la psicológica, que ya afecta y afectará se cree a más del 40% de nuestra población (un nicho de mercado interesante para más de 20 millones de pacientes), y la que parecía que no llegaría pero que muy a pesar nuestro, ya empieza a dar síntomas inequívocos de hecatombe en términos económicos: destrucción de un millón de puestos de trabajo y cierre de cientos de miles de pequeñas y medianas empresas.

Muchos esperan que el maná europeo pueda taponar esta enorme sangría pero mucho me temo como llevamos viendo algunos días, que sólo servirá para tapar algunos agujeros y aumentar la crispación entre comunidades autónomas. En eso somos únicos e irremediablemente, seguimos tropezando en la misma piedra.

Se me agotan los calificativos y las críticas a muchas de las medidas que se han puesto en marcha para paliar, que no solucionar, los graves efectos de esta crisis sin parangón, y no encuentro demasiadas razones para vislumbrar ni los famosos brotes verdes de otra época funesta de nuestro pasado reciente, ni tampoco veo por ningún lado que alguien se haya vuelto más fuerte por lo que nos ha pasado. Eso de emprender sólo es para valientes. Y que conste, que en esta como en otras crisis anteriores, los ha habido y los seguirá habiendo: el homo hispánicus es muy perseverante y ciertamente, resistente. 

Mientras tanto, como si no pasara nada, la sociedad parece como adormecida y sólo brinca de su asiento cuando se habla de ciertos asuntos típicos de prensa rosa o incluso amarilla, como si no hubiera otros asuntos que resolver más importantes con la que nos está cayendo encima. 

Observamos impávidos como una gran cantidad de empresas de ciertos sectores productivos, empiezan a ver el despido de sus trabajadores (con sentencias judiciales favorables) e incluso su cierre definitivo como la única y lamentable solución para poner fin aunque sea a la tremenda, de este callejón sin salida en que nos metió un virus pero donde no sabemos ni cuándo ni cómo, vamos a poder salir.

Estamos olvidando el principio fundamental de la economía de mercado: sin empresas, no se generan puesto de trabajo ni riqueza. Está genial proteger el empleo, pero en la mayoría del mundo civilizado se ha ayudado a la supervivencia de las empresas mientras que también se protegía a los trabajadores con los subsidios adecuados. 

Ahora, doce meses después, y de una manera muy tenue, se intenta cambiar la tendencia, aunque como siempre, se llega muy tarde dado que más de trescientas mil empresas han cerrado ya, y el paro, contando con los ERTES, supera los 5 millones de inscritos. 

En el mundo del asesoramiento ya no descansamos ni los fines de semana. Tenemos deberes a todas las horas del día gracias a la vorágine de publicaciones oficiales referidas a las diferentes normativas y ayudas que se han publicado y se siguen publicando, para intentar paliar los efectos negativos de esta crisis, al menos en el plano económico. 

Nuestros clientes esperan con avidez que el siguiente real decreto u orden ministerial, apueste de alguna forma por ayudarles en cierta medida para que no terminen cerrando y tirando por tierra el esfuerzo de décadas. 

Y esa tensión la llevamos viviendo en los despachos durante esos últimos meses. Lee, estudia, procesa, comunica y gestiona esas gotas de agua milagrosa en un desierto económico donde además, sabes que por tu condición de autónomo o empresario, te has convertido sin quererlo, en un objetivo a abatir, más que a proteger. Tremendamente injusto, pero cierto a todas luces. 

Y claro está, cuando alguien bebe de ese agua, te sientes muy satisfecho por la colaboración cliente-asesor, pero en aquellos casos en que no se obtiene nada, lo pasamos mal e incluso tenemos que soportar las críticas de aquellos que no lo lograron, pero no por no haberlo intentado, sino porque era imposible por sus números o porque no estaban incluidos en los sectores escogidos por la norma.

Lo reconozco: estamos agotados y lo vamos a pagar muy caro tarde o temprano. Hemos trasladado nuestra energía de llevar las cosas por el camino más correcto, a ser buscadores de oxígeno para terceros en las profundidades de los boletines oficiales.  Y aquí desgraciadamente, no todo el que busca, encuentra.

No sé si Dios me dará vida para ver de una vez por todas, en esta incomparable piel de toro que es España, unión entre los partidos políticos para remar todos en el mismo sentido y dejarse de pamplinas ideológicas para sacar el país adelante. 

Cada día tengo más claro que los que nos gobiernan, en cualquiera de los diferentes niveles de nuestras variadas administraciones, deben dejar de buscar su beneficio propio y luchar por aquellos que les votan. Ocupan sus cargos por voluntad popular y eso parece ser que se les olvida muy pronto.

Esperemos que la cosa mejore ya que empeorar es bastante complicado, y que dentro de un tiempo, con vacunas, con recuperación económica, podamos volver a escuchar en tiempo de normalidad: “Decíamos ayer…” Será una buena señal de la luz al final de este oscuro y largo túnel.

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