El lamentable negocio de la muerte

Vivimos desde hace más de un año instalados en un permanente estado de preocupación, dolor y tristeza debido a la terrible pandemia que nos azota. Aquello que creíamos que se prolongaría poco más de 2 semanas en nuestras vidas, forma hoy una parte inseparable de nuestra existencia y lo que es peor, desconocemos a ciencia cierta, si alguna vez saldrá de ellas de manera definitiva. Entre políticos y laboratorios anda el juego, y no creo que sea una buena mezcla.

El saldo de víctimas en nuestro país arroja unas cifras alarmantes tanto si son oficiales, aún más si valoramos las estimadas, pero lo peor de todo esto es que, a fuerza de oír en los medios de comunicación el recuento de víctimas, ayer tantos, hoy cuantos y mañana, unos cuantos más caídos, hemos normalizado el fallecimiento de personas a causa de este dichoso virus, como una cosa habitual. Como si fuera normal que cada día hubiera un accidente de avión en nuestro país con trescientas o más víctimas, y en algunas fechas, hasta tres accidentes de forma simultánea.

Todos sabemos que cuando llegamos a este mundo, tenemos una única certeza: estamos de paso y tarde o temprano, moriremos. Pero dicha certeza se ha convertido en una dura tragedia en estos tiempos por un motivo muy doloroso: la soledad en el duelo. Ya no hay entierros tumultuosos ni pésames en multitud. Ya no hay abrazos, ni apretones de mano para manifestar nuestras condolencias, ni grandes funerales, al menos, en la mayoría de las familias que forman parte de lo que los políticos llaman el pueblo llano, ese del que sólo se acuerdan en los períodos electorales.

Sigue habiendo muchos incrédulos e inconscientes que dudan de la existencia de esta pandemia y de su virus, aunque la triste realidad es otra: cuando a ellos les toca de cerca y les afecta con un amigo, familiar o ser querido, entonces recuperan la conciencia de la tragedia. Lo que se llama adquirir la fe de golpe y porrazo.

Como dice el sabio refranero español, “el muerto al hoyo, y el vivo al bollo”. Lástima que esto sea cierto desde el punto de vista real y fiscal sólo al 50%, ya que, al vivo, además de su pena y su duelo, le queda tributar y repartir el bollo con las diferentes administraciones públicas. 

Quien más, quien menos, ha sentido esto en sus propias carnes y en su propio bolsillo, y si no ha sido directamente, lo ha sido de forma indirecta. Y créanme cuando les digo, que no es nada fácil pensar en el tema, cuando uno pasa por un trago tan duro como la muerte de familiar.

Mi experiencia profesional me ha hecho sufrirlo desde una doble óptica: como doliente y como profesional, aunque en ambos casos, mi opinión, sigue siendo la misma: morirse en España es ciertamente muy caro, y lo que es aún peor, hay una tremenda falta de sentimientos alrededor de los familiares de los finados. Y ahora, en pandemia, doble ración de lo mismo.

Sin pretender hacer un informe exhaustivo del procedimiento, veamos los pasos más habituales en materia tributaria y burocrática, cuando se produce el fallecimiento de una persona:

  • El velatorio, sepelio, entierro y demás gastos que provoca el óbito. No vamos a entrar en detalles, pero si los ayuntamientos han entrado en este negocio con sus maltrechas economías, es que deja alguna rentabilidad. Sea como fuere, nadie escapa por menos de 2.500-3.000 euros en los casos más económicos. Y de ahí, pues para arriba a gusto del pagador. En los momentos de extremo dolor, poca gente hace cuentas y eso muchas veces, se aprovecha
  • La tramitación del testamento (si lo hubiera, o en su defecto, abintestato). Algo que no es baladí por la ingente cantidad de trámites que ello conlleva, incluso con independencia del caudal relicto que se reparte. Dentro de esa numerosa panoplia de trámites, nos encontramos:

A) Gastos de notaria y de registros oficiales para la obtención de los certificados necesarios. Si después hay que realizar adjudicaciones de herencia de bienes inmuebles entre los herederos, estos gastos se incrementan tanto en escrituras notariales como en sus preceptivas inscripciones registrales. Al menos, son minutas fijadas en colectivos oficiales y, por tanto, sabemos que no se pasarán de castaño oscuro y aplicarán los aranceles correspondientes, aunque seguro que no será barato. De ahí la tendencia habitual, muy arraigada en los pueblos de la España profunda, ahora llamada despoblada, de no realizar la adjudicación en mucho tiempo mientras no sea necesario por la inminente enajenación de alguno de los bienes heredados.

B) Intervención de profesionales habilitados. Lo lógico y habitual suele ser ponerse en manos de algunas empresas (aseguradoras, funerarias que cubren el servicio, gestores o profesionales del asesoramiento) para realizar dichos trámites. El coste suele ser curiosamente proporcional al patrimonio del fallecido y en algunos casos, inversamente proporcional a la cultura de los familiares (menos saben, más les cobramos). Una cosa son los sentimientos y otra muy diferente, la cartera. Es así de triste: lucrarse con la desgracia ajena.

C) Si el fallecido tiene dinero en el banco o algún tipo de producto financiero, se añaden los gastos de testamentaria de las entidades bancarias afectadas. Y oigan, aquí cobran hasta por respirar. Algunas condolencias, siempre que hay cercanía con los familiares, pero si no existe, nos sangran a comisiones y, además, no sin poner mil pegas por medio, por facilitar el reintegro de los fondos del fallecido a sus herederos. Y como se te ocurra llevarte el dinero a otra entidad, te cobro más comisiones y te vas calentito: total, ya quedan 4-5 bancos, y tarde o temprano, ya volverás. Increíble, pero cierto.

D) Liquidación del Impuesto de Sucesiones. El nombre del impuesto habría que analizarlo: sucesiones, como si esto fuera una nueva generación de alguna dinastía de un reino desconocido. Digo lo mismo que con la pandemia: cualquier día nos puede tocar a nosotros. Y cuando toca, pues hay que pagar. Sí señores, pagar por algo que no es nuestro y que, por consanguinidad, matrimonio o pura casualidad, nos ha tocado en suerte. Y aquí hay que tener fe más que nunca en las políticas autonómicas de nuestro maravilloso reino de Taifas, dado que, en unas, el palo puede ser astronómico, mientras que en otras se tienen muy en cuenta factores que no se deben olvidar: grado de parentesco, participaciones en empresas familiares y su continuidad en el tiempo, vivienda habitual, etc., con unas exenciones y reducciones que al menos, mitigan una tributación a todas luces, injusta, arcaica y muchas veces, confiscadora. Normal que este impuesto ya no exista en Europa y cuando se habla de armonización de las políticas fiscales comunitarias, se nos mire de reojo por nuestra dichosa manía de ir siempre por libre y a nuestra bola. No me meto en el sistema de valoración de los bienes inmuebles establecido por curiosos sistemas de cálculo indiciarios en base a las transacciones de igual o similar índole que se han producido en la misma zona o municipio donde se ubica nuestro bien. Si de por si ya se presta a confusión y controversia, el nuevo sistema que quiere implantar nuestro ministerio de Hacienda se traslada a criterios mucho más heterogéneos dado que contempla los valores de mercado, algo que nos guste o no, estriba en lo hipotético con un solo fin: recaudar más al esquilmado contribuyente. Pero eso nos da para un artículo entero y no es el momento.

E) La plusvalía municipal. Ya que no hemos tenido bastante con tributar a las arcas de nuestras maltrechas autonomías, nos falta contribuir al mantenimiento de nuestros municipios dado que el legislador así lo ha querido y dentro de nuestro sistema tributario ha establecido la creación de este singular arbitrio, el cual llevamos sufriendo desde principios del siglo XX. Curioso, pero ya ha cumplido un siglo este impuesto. La plusvalía es el incremento del valor de los terrenos donde se ubican los bienes que forman parte de una transmisión, o como en este caso, de una sucesión mortis causa: una herencia. Después de más de un siglo liquidando plusvalías, la gente lo tiene asumido, aunque, cuando le toca, pues también le fastidia. El problema radica en la valoración de esos terrenos ya que, como hemos visto en la anterior crisis económica, los terrenos no siempre incrementan su valor, sino que incluso lo pueden perder por muy diferentes motivos: política urbanística del municipio, ubicación de negocios en nuevas zonas de influencia, construcción de nuevos viales, instalación de industrias peligrosas, y así un largo etcétera de motivos que más que aumentar el valor de un bien, pueden disminuirlo. Aunque si no queremos pagar la dichosa plusvalía que nos liquidan en esos casos, seguro que tendremos que pleitear y la cosa se extenderá mucho tiempo. La justicia no es gratis, excepto para los organismos públicos.

Consejos finales

  • Si por circunstancias normales o desgraciadamente como consecuencia de esta dichosa pandemia, tiene que pasar por el desagradable trance de tramitar o gestionar una herencia, ármese de paciencia y confíe en las sabias manos de un profesional. 
  • Haga valer siempre sus derechos y procure que no le engañen. Aunque se encuentra en una dolorosa situación, es en esos momentos donde tenemos que tener las cosas más claras y actuar con tranquilidad y pies de plomo.
  • Cuando liquide sus impuestos y termine todos sus trámites, siéntese y recapacite. Acuérdese de aquellos que nos han dejado y de los buenos momentos que vivió a su lado.
  • No se acuerde ni un segundo de aquellos que les pusieron pegas en su tramitación ni de aquellos que le hicieron pagar por algo que, en buena lógica, tarde o temprano sería suyo y de su familia. Es bueno que lo tenga en cuenta al depositar su voto en las urnas y recuerde para los que nos lo pusieron difícil que “no hay mayor desprecio, que el no hacer aprecio”. 
  • Finalmente, sea agradecido con los que le mostraron su afecto y contribuyeron a que su trance burocrático fuera lo más liviano posible. Todavía queda mucha gente de bien en este país que no intenta hacer leña y negocio del árbol caído.

Dedicado a todos aquellos que cayeron en esta triste pandemia y con mis condolencias a todos aquellos que, como yo, perdieron a alguien que era muy importante en sus vidas y se encontraron mil y una trabas para cumplir con su obligación.

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